Colombia: la primera vuelta que ya cambió el sistema
El 21 de junio se decide quién gobierna. El 31 de mayo se decidió algo más profundo: con qué piezas se juega la política colombiana a partir de ahora
La narrativa fácil dirá que Colombia se polarizó entre la derecha y el petrismo, y que ahora toca esperar al balotaje. Es una lectura cómoda y perezosa. Lo que ocurrió en la primera vuelta no es la confirmación de un eje conocido, sino la sustitución silenciosa de quién ocupa cada polo. Cinco claves para entenderlo.
No ganó la derecha: ganó la ultraderecha
El titular —la derecha lidera— oculta la relevancia de la reconfiguración política en Colombia. La cuestión aquí es de qué derecha estamos hablamos. Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, encabezó con más de 10,3 millones de votos, el 43,74%. Paloma Valencia, la candidata avalada por Álvaro Uribe y el Centro Democrático, se quedó en el 6,9%.
Conviene detenerse en esa desproporción. Un abogado mediático sin estructura territorial y sin partido tradicional sextuplicó al uribismo oficial en el terreno. La franquicia que articuló y disciplinó a la derecha colombiana durante dos décadas quedó reducida a fuerza subordinada, hasta el punto de que Valencia y el Partido Conservador ya han respaldado a De la Espriella para la segunda vuelta.
No es una anécdota local: es un patrón que reconocemos en otras democracias —del Chile de Kast a los Estados Unidos de Trump—, donde un outsider con marca identitaria propia desplaza a la organización partidista de la derecha. O lo que es lo mismo, la ultraderecha sustituyendo a la fuerza conservadora tradicional.
Cepeda ya tocó su techo, y ese es su problema
Iván Cepeda, del Pacto Histórico, obtuvo casi 9,7 millones de votos, el 40,90%. Tomado en frío, es un resultado notable para el oficialismo. Pero el número engaña si no se lee como lo que es: un suelo y un techo casi superpuestos.
El petrismo movilizó prácticamente toda su capacidad disponible y aun así quedó por detrás. Ahí está su problema de cara al 21 de junio: quien ya convocó a casi todos los suyos necesita, para crecer, votos que no controla ni puede movilizar con su propio relato. La segunda vuelta no se le gana a la base; se le gana a los indecisos. Y ahí Cepeda parte con menos margen de crecimiento que su rival.
La aritmética del balotaje inclina, pero no sentencia
La distancia de salida es de 2,84 puntos a favor de De la Espriella. No es definitiva, pero impone la carga de la prueba sobre el oficialismo. Y el bloque que decide no está en un solo lugar: está disperso entre el centro y la derecha. Sergio Fajardo sumó el 4,26%, Claudia López el 0,95% y Paloma Valencia el 6,9%. Tres franjas distintas en temperamento e identidad política, pero unidas por un denominador común: el rechazo al proyecto del actual gobierno.
La diferencia, decisiva, es la naturaleza del voto en cada caso. El voto uribista ya está prácticamente capturado por la vía orgánica: Valencia y el Partido Conservador han respaldado a De la Espriella, y la aversión al petrismo actúa como pegamento ideológico de esa base. Pueden quedar matices —algún sector del uribismo más institucional puede sentirse incómodo con el estilo de De la Espriella—, pero esos 6,9 puntos irán mayoritariamente al mismo casillero.
El voto de Fajardo es otra cosa. Su electorado es mayoritariamente reacio al petrismo, pero también desconfía del estilo de confrontación y de la épica beligerante de De la Espriella. No es un voto que se herede: es un voto que hay que conquistar, y que puede igualmente quedarse en casa. El de Claudia López, más pequeño pero ideológicamente más cohesionado, se mueve en parámetros parecidos.
Sumando el uribismo más o menos asegurado a su electorado base, De la Espriella parte con una ventaja mayor de lo que sugiere el 43,74%. Pero los algo más de cinco puntos de Fajardo y López no se le entregan automáticamente, y ahí es donde se juega realmente la elección. Si Cepeda logra captar a una parte significativa de ese centro desconfiado, y movilizar además a una fracción del electorado abstencionista —42 millones de habilitados, abstención alta en primera vuelta—, la remontada deja de ser matemáticamente improbable. La gran incógnita es la abstención diferencial: puede operar contra el oficialismo si los suyos no se movilizan, pero también contra la ultraderecha si el voto urbano moderado, alarmado por el estilo de De la Espriella, decide acudir a las urnas en lugar de quedarse en casa.
La polarización colombiana tiene mapa
El resultado nacional ajustado esconde dos países que apenas se tocan. El mapa departamental dibuja una Colombia partida en dos por la cordillera: De la Espriella se impone en todo el corazón andino —Antioquia, el Eje Cafetero, el altiplano cundiboyacense, Tolima, Huila, los Santanderes— y se extiende hacia los Llanos orientales. Cepeda gana en las periferias: el Pacífico completo, la práctica totalidad del Caribe, el sur amazónico y la franja fronteriza con Venezuela. Dentro de Antioquia, además, una sorpresa de calado: Cepeda quedó segundo en el departamento y superó a Valencia en Urabá y el Nordeste antioqueño, en la tierra misma de Uribe.
Esto importa más de lo que parece. La polarización afectiva —la que miden las encuestas de antipatía— es real, pero abstracta. Cuando se proyecta sobre el territorio deja de ser un estado de ánimo y se convierte en geografía del poder: una Colombia interior, andina, que se reconoce en el discurso de orden y autoridad de De la Espriella; y una Colombia de costas, selvas y fronteras que respalda mayoritariamente al oficialismo. La división no es nueva en términos generales —es la fractura histórica entre centro y periferias—, pero adquiere ahora una nitidez electoral inusual, y con un matiz que conviene retener: ni siquiera los feudos uribistas garantizan ya las lealtades de antes, como demuestra el avance de Cepeda en Antioquia. Cualquier estrategia de segunda vuelta que ignore este mapa está hablándole a un país que no existe.
El riesgo de fondo no es quién gana, sino si el perdedor lo aceptará
Antes incluso de cerrarse el escrutinio, el petrismo cuestionó el recuento: Cepeda rechazó los resultados preliminares y pidió esperar a las comisiones escrutadoras, y Petro planteó dudas sobre el sistema de conteo. En el polo opuesto, De la Espriella ha alertado a presidentes latinoamericanos y a organismos internacionales ante un eventual desconocimiento de los resultados.
Los dos aspirantes están construyendo, de antemano, el andamiaje retórico para no reconocer una eventual derrota. Es la maniobra previa de quien ya contempla deslegitimar el recuento.
La votación se presentó además como «récord» de participación. Es cierto solo en cifras brutas: hubo más votos absolutos que nunca porque el censo nunca había sido tan grande. Pero la abstención volvió a rondar niveles altos, los habituales en Colombia.
Lo que viene
El 21 de junio decidirá un nombre. Pero el 31 de mayo ya decidió algo estructural: el polo derecho cambió de dueño, el oficialismo enseñó su límite y los dos contendientes empezaron a ensayar el guion de la impugnación antes de saber si la necesitarán. La pregunta que deja esta primera vuelta no es quién, sino qué pasará con el que pierda.




