ComPol #12 Andalucía 17M: cinco candidatos, cinco estrategias (y una sola atención)
Cómo se construye un marco comunicativo en la campaña más competitiva del ciclo autonómico
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Andalucía no es una comunidad autónoma más. Es la más poblada de España, la que ha marcado tendencias electorales durante cuatro décadas y la que, en 2022, demostró que los cambios que parecen imposibles a veces ya han ocurrido. El 17 de mayo se vota de nuevo. Y esta vez la campaña no la define un solo duelo: la definen cinco candidatos que compiten no solo por escaños, sino por algo previo y más difícil: el control del marco interpretativo.
Esta es la clave comunicativa de las elecciones andaluzas: en una campaña multipartidista con un issue dominante (la sanidad), gana quien consiga que los demás jueguen en su terreno. No gana quien más grite, ni quien tenga más recursos, ni siquiera quien tenga razón. Gana quien defina las preguntas. Porque en comunicación política las respuestas importan menos que las preguntas que obligan a responder.
Vamos candidato por candidato.
Moreno Bonilla: el presidente que gobierna como si hiciera campaña
Juanma Moreno Bonilla lleva meses ejecutando una estrategia clásica de ventaja del incumbente. Inauguraciones, presencia en prime time, agenda institucional empaquetada como agenda de gestión, y una inversión de más de 28 millones de euros en comunicación de la Junta de Andalucía durante 2025 y 2026. Todo eso antes de que empezara formalmente ninguna campaña.
Su comunicación funciona sobre tres pilares: estabilidad, moderación y gestión. Moreno Bonilla no se presenta como un político de ideas, sino como un gestor sereno en un país ruidoso. Esa marca le ha funcionado extraordinariamente bien: es el candidato mejor valorado en todas las encuestas, incluso entre votantes que no comparten su proyecto.
Pero tiene un problema. Un problema que tiene nombre técnico y consecuencias políticas devastadoras: la crisis de los cribados de cáncer de mama. Entre 2.000 y 3.000 mujeres no fueron informadas debidamente de un posible diagnóstico. Miles de mamografías sin realizar por falta de personal en el Hospital Universitario Virgen del Rocío. Un escándalo que estalló en octubre de 2025 y que sigue sin resolverse.
En comunicación política, una crisis sanitaria no se gestiona con datos ni con desmentidos. Se gestiona con empatía, reconocimiento y acción visible. La estrategia de Moreno Bonilla ha sido la contraria: minimizar, derivar responsabilidades y cambiar de tema. Eso funciona mientras controlas la agenda. Pero en campaña, la agenda la disputan siete candidatos. Y al menos tres de ellos van a hacer de la sanidad su arma principal.
El adelanto electoral responde a una triple lógica: esquivar un calendario hostil en junio, forzar la votación antes de que las encuestas —que ya en febrero situaban al PP por debajo de la mayoría absoluta con Vox en crecimiento— se conviertan en pronóstico asumido, y capitalizar el momento antes de que la crisis sanitaria acabe de instalarse como marco dominante de la legislatura. No es una fecha. Es una decisión comunicativa disfrazada de decisión institucional. Moreno Bonilla lo sabe. Sus rivales, también.
Montero: el salto más difícil de la comunicación política
María Jesús Montero deja el Gobierno central para disputar Andalucía al PP. Es la primera vicepresidenta de España que sale del ejecutivo para presentarse a unas autonómicas. Ese gesto, en sí mismo, ya es un acto comunicativo: transmite compromiso, urgencia y apuesta personal.
Su frame central es sencillo y poderoso: “En estas elecciones nos jugamos la salud y la vida”. Reducir toda la campaña a un referéndum sobre la sanidad pública. Si lo consigue, Moreno Bonilla juega en su terreno. Si no lo consigue, Montero se queda sin relato.
Pero tiene un problema operativo que condiciona todo lo demás: llega con el tiempo justo. Ha compaginado el ministerio con la precampaña durante meses. En comunicación política, la presencia constante en el territorio no es un detalle logístico: es un mensaje. Quien no está, no existe. Y Montero necesita existir en ocho provincias en muy poco tiempo.
Maíllo (Por Andalucía): la unidad como logro y como trampa
Por Andalucía ha conseguido lo que parecía improbable: que Podemos se integrara en la candidatura antes de que expirara el plazo. Tras una mesa de partidos que se prolongó más de doce horas el jueves 2 de abril, la coalición se registró formalmente el viernes 3 a mediodía, con algo más de diez horas de margen antes del cierre legal. Siete formaciones bajo una misma candidatura: IU, Movimiento Sumar, Podemos, Iniciativa del Pueblo Andaluz, Alternativa Republicana, Partido Verde y Alianza Verde. Antonio Maíllo encabeza la lista por Sevilla y es el candidato a la presidencia de la Junta. Podemos obtuvo el número uno por Jaén y el segundo puesto por Sevilla y Málaga. Juan Antonio Delgado, hasta entonces candidato de Podemos a la presidencia, celebró el acuerdo con un mensaje de “absoluta generosidad”, aunque su posición definitiva en las listas se decidirá antes del 13 de abril.
El proceso fue un ejemplo de manual de lo que la comunicación política no debería ser. Durante semanas, la dirección estatal de Podemos vetaba a Sumar como socio de coalición mientras su candidato andaluz ofrecía públicamente “mano tendida” a Maíllo. Las bases se pronunciaron en una consulta exprés —81% a favor de negociar— para desbloquear la situación. Es el mismo guion que en 2022, cuando la negociación se apuró tanto que Podemos no llegó a inscribirse formalmente en la coalición. Esta vez sí llegaron a tiempo. Pero el coste comunicativo ya está pagado: semanas de titulares sobre disputas internas que ningún votante progresista quería leer.
La lectura comunicativa es inmediata. Por Andalucía ha emitido un mensaje contundente: “La peor noticia para Moreno Bonilla: hay acuerdo, hay unidad y hay alternativa”. Es un frame potente, pero tiene un problema. La unidad es un logro organizativo, no un mensaje electoral. Los votantes no votan “unidad”: votan soluciones a sus problemas. El riesgo para Maíllo es que las semanas consumidas en la negociación interna se hayan comido el tiempo que debería haber dedicado a construir un relato propio. Su estrategia comunicativa —voluntariado, contacto directo, “de tú a tú por Andalucía”— tiene tracción, pero necesita aire y tiempo para desplegarse. Ambos recursos acaban de reducirse.
Maíllo tiene una ventaja: es uno de los líderes más conocidos de la izquierda andaluza, con experiencia de campaña y conocimiento territorial. Y tiene un límite: su espacio comunicativo se solapa con el de García por la izquierda y con el de Montero por el flanco de los servicios públicos. En una campaña donde la atención es finita, necesita un elemento disruptivo que aún no ha mostrado.
García (Adelante Andalucía): el candidato que no parece un candidato
Aquí está el caso comunicativo más interesante de estas elecciones, y probablemente el menos analizado. José Ignacio García es orientador educativo, diputado autonómico con dos escaños en el grupo mixto y líder de un partido que todos daban por muerto en 2022. Tiene más de 40.000 seguidores en Instagram, presenta candidaturas con festivales de música en vez de mítines y está ejecutando una estrategia de puerta a puerta importada directamente de Die Linke (la izquierda alemana) y declaradamente inspirada en Zohran Mamdani.
Adelante Andalucía ha contactado directamente con dirigentes de Die Linke para importar su modelo de captación de voluntarios y ensanchamiento de base social. La estrategia es clara: ir solo a barrios obreros, trabajar por parejas, escuchar primero y proponer después. Lo hacen porque quieren tener votos. Nada de vaguedades participativas. Movilización con objetivo electoral explícito.
García ha construido su perfil parlamentario sobre performances legislativas viralizadas en redes sociales (la Ley de Gafas Gratuitas, los comedores escolares, la salud mental) y una oposición al PP que el propio Moreno Bonilla ha calificado públicamente como “brillante” y “correosa”. Esa dinámica — el adversario que te respeta, es oro comunicativo para un partido pequeño: le da visibilidad sin coste.
Su comunicación tiene una virtud que escasea en la izquierda española: coherencia de registro. No oscila entre el discurso institucional y el tuit incendiario. Mantiene un tono constante que mezcla indignación controlada, humor y cercanía. No suena a político. Suena a profesor que se ha metido en política porque estaba harto. Y eso, en un electorado fatigado de profesionales del discurso, conecta.
Lo que está en juego no es quién gana, sino quién define la conversación
Las elecciones andaluzas del 17M son un laboratorio de comunicación política en tiempo real. Tenemos un incumbente con recursos masivos pero un flanco abierto en sanidad. Una exvicepresidenta del Gobierno que apuesta todo a un único frame. Un partido minúsculo que ejecuta una estrategia de movilización de manual. Una coalición de siete partidos que ha logrado la unidad sobre la bocina pero necesita convertirla en algo más que una declaración. Una ultraderecha en auge que purga sus crisis internas para llegar limpia. Y un electorado con una abstención que supera el 41% en las últimas autonómicas.
Cinco candidatos. Una sola atención. El 1 de mayo arranca la campaña oficial. Pero la batalla por el frame ya ha empezado.
Lecciones ComPol
1. En campañas multipartidistas, el frame vale más que la apelación al voto. Antes de convencer, hay que definir de qué se habla. Moreno quiere que se hable de gestión. Montero, de sanidad. García, de clase social. Quien consiga que los demás respondan a sus preguntas, controla la campaña.
2. La ventaja del presidente saliente es real, pero no infinita. 28 millones de euros en comunicación institucional construyen imagen, pero no blindan ante una crisis sanitaria mal gestionada. La credibilidad del gestor se erosiona cuando la gestión falla en lo esencial.
3. El puerta a puerta no es nostalgia: es estrategia. Adelante Andalucía ha estudiado a Die Linke y a Mamdani para diseñar una campaña de contacto directo con objetivo electoral claro. En un contexto de abstención superior al 41%, la movilización de proximidad puede mover más votos que cualquier campaña digital.
4. La purga interna es un acto comunicativo. Vox expulsa a sus críticos justo antes de la campaña. No es solo disciplina interna: es un mensaje al electorado propio de que el partido está unido y preparado. Y un mensaje a los medios de que no habrá ruido interno que distraiga del mensaje electoral.
5. La unidad no es un mensaje electoral. Podemos se ha integrado en Por Andalucía tras semanas de negociación pública. La coalición es un medio, no un fin. Los votantes no votan "unidad": votan soluciones. El reto de Maíllo ahora es llenar esa unidad de contenido antes de que la campaña lo alcance.




