Cuando Jeff Bezos despide al periodismo
Tecnooligarcas, Trump y la mutación del poder mediático
Hay noticias que no son solo noticias. Son síntomas. El despido de un tercio de la plantilla de The Washington Post pertenece a esa categoría. No es únicamente una crisis empresarial ni un ajuste de mercado. Es una escena que condensa la transformación profunda del ecosistema informativo y la nueva relación entre tecnología, poder y democracia.
Y para entenderla hay que empezar por una palabra incómoda: tecnooligarcas.
El día que el Washington Post encogió
El miércoles 5 de febrero de 2026, el Washington Post despidió a más de 300 trabajadores: un tercio de la redacción. Han desaparecido la sección de deportes, el área de libros, buena parte de la red de corresponsales internacionales (incluidas las oficinas en Oriente Medio, Rusia y Ucrania), una porción significativa de la cobertura local y el podcast insignia Post Reports. No se trata de una reestructuración puntual. Es una contracción estructural del periodismo.
Su antiguo director, Marty Baron (el editor que lideró la cobertura durante la era Trump y a quien muchos descubrieron gracias a Spotlight, la película que retrata la investigación del Boston Globe sobre los abusos en la Iglesia cuando él dirigía el periódico) lo describió como “uno de los días más oscuros en la historia de una de las mayores organizaciones periodísticas del mundo”. Y no exagera. The Washington Post no es un medio cualquiera: es el diario que destapó Watergate, el que popularizó el lema Democracy dies in darkness y el que llegó a simbolizar la edad dorada del periodismo de investigación moderno.
Hoy, ese símbolo encoge. Pero lo importante no es solo lo que ha pasado, sino quién lo ha decidido.
El propietario
Desde 2013, el Washington Post pertenece a Jeff Bezos, que lo compró por 250 millones de dólares.
Durante años, la adquisición fue presentada como un acto casi filantrópico: el salvador tecnológico que rescata un icono del periodismo. Silicon Valley venía a salvar la prensa. Ese era el relato. Y durante un tiempo funcionó: Bezos invirtió, la redacción creció y las suscripciones digitales se dispararon. Una década después, la escena es otra.
El mismo empresario que acaba de ejecutar el mayor recorte del Post (su fortuna personal ronda los 250.000 millones de dólares, más de lo que costaría financiar el periódico durante siglos) anuncia inversiones gigantescas en inteligencia artificial y robótica. La simultaneidad es brutal: miles de millones para tecnología, cientos de despidos en periodismo. Mientras, Amazon, su empresa matriz, acaba de invertir 75 millones de dólares en la película Melania, sobre la primera dama de Estados Unidos.
No es contradicción. Es coherencia económica. El periodismo ha dejado de ser una prioridad estratégica para las élites tecnológicas. Y esto nos lleva al concepto clave: la tecnooligarquía informativa.
Cuando los tecnooligarcas poseen los medios
El término tecnooligarca no es un simple sinónimo de magnate o multimillonario. Designa algo más específico: un grupo reducido de empresarios tecnológicos cuya concentración simultánea de poder económico, infraestructural e informativo les confiere una influencia sobre la vida pública que desborda con creces su condición de actores privados.
La democracia liberal se construyó sobre un equilibrio informal entre gobiernos, mercados y medios independientes. Ese equilibrio se está rompiendo.
Hoy, Bezos posee el Washington Post. Patrick Soon-Shiong, multimillonario del sector biotecnológico, es dueño del Los Angeles Times (que también bloqueó su apoyo editorial a Kamala Harris en 2024). Marc Benioff, fundador de Salesforce, compró la revista Time. Elon Musk adquirió Twitter y la convirtió en X, una plataforma que ha amplificado contenidos de desinformación y polarización. El periodismo ya no es únicamente un contrapoder: forma parte del ecosistema de poder.
Este cambio no implica censura directa. Es más sofisticado. Basta con redefinir prioridades: menos inversión, menos redacciones, menos cobertura costosa. El resultado no es censura. Es debilitamiento estructural del periodismo.
El punto de inflexión: el apoyo a Kamala Harris que nunca llegó
El verdadero terremoto interno del Washington Post comenzó antes de los despidos. En octubre de 2024, el periódico decidió no respaldar editorialmente a Kamala Harris en las elecciones presidenciales estadounidenses. Durante décadas, los grandes diarios norteamericanos han realizado apoyos editoriales a candidatos presidenciales. La junta editorial del Post ya había redactado un texto a favor de Harris. Bezos lo vetó. Renunciar a publicarlo no fue neutralidad: fue un cambio institucional profundo.
La reacción fue inmediata. Al menos 250.000 suscriptores cancelaron su suscripción en cuestión de días, aproximadamente el 10% de la base digital del periódico, según cifras reportadas por el propio Post y confirmadas por NPR. Tres miembros de la junta editorial dimitieron. Dos columnistas renunciaron. La redacción entró en crisis abierta.
El fantasma de Trump
La decisión editorial no puede entenderse sin el contexto político estadounidense. Donald Trump ha mantenido durante años una relación de hostilidad abierta con los grandes medios, y especialmente con el Washington Post, al que calificó repetidamente como enemigo. Bezos, a su vez, tiene intereses empresariales masivos que dependen del gobierno federal: Amazon compite por contratos públicos millonarios y Blue Origin, su empresa aeroespacial, depende de la NASA y el Departamento de Defensa.
En este escenario, la neutralización del apoyo al candidato demócrata fue ampliamente interpretada como un intento de reposicionamiento ante un posible segundo mandato de Trump. Glenn Kessler, exverificador de datos del Post, lo resumió con claridad: “Bezos no está intentando salvar el Washington Post. Está intentando sobrevivir a Donald Trump.”
No hace falta demostrar influencia directa para entender el fenómeno. En comunicación existe un concepto clave: la obediencia anticipatoria (anticipatory compliance). No hace falta que el poder ordene; basta con que el sistema aprenda a anticiparse a sus deseos.
La economía política del silencio
Cuando los grandes medios pertenecen a tecnooligarcas, la confianza del público cae, el modelo de negocio se debilita y la polarización política aumenta, el resultado es previsible: menos corresponsales, menos investigación, menos cobertura local, menos periodismo costoso.
Y el periodismo costoso es precisamente el que sostiene las democracias. Investigar, viajar, contrastar y explicar el mundo cuesta dinero. Mucho dinero. Y ese es el periodismo que primero desaparece cuando el modelo económico se rompe.
Mientras tanto, el contraste con la competencia es elocuente. El mismo día de los despidos del Post, el New York Times anunció en una conferencia con inversores que había cerrado 2025 con 12,8 millones de suscriptores, ingresos digitales superiores a 2.000 millones de dólares y un beneficio operativo de 550 millones. No todos los medios están condenados. Pero la diferencia entre los que sobreviven y los que se hunden tiene mucho que ver con la gobernanza, la independencia editorial y la relación con sus lectores.
El desplazamiento del poder informativo
Mientras las redacciones se reducen, otras infraestructuras informativas crecen. Las plataformas tecnológicas controlan cada vez más la distribución de noticias: los algoritmos de Meta deciden qué artículos se ven y cuáles no; X ha eliminado los titulares de los enlaces compartidos, reduciendo el tráfico hacia los medios; Google está sustituyendo las visitas a periódicos por resúmenes generados con inteligencia artificial. El propio Post reconoció que su tráfico orgánico de búsqueda ha caído casi a la mitad en tres años.
El poder informativo se desplaza desde las redacciones hacia las plataformas. Y lo hace sin un debate democrático equivalente. No hay regulación proporcional, no hay rendición de cuentas comparable, no hay código deontológico que obligue a un algoritmo a distinguir entre información y desinformación.
El símbolo que cambia de tamaño
Lo ocurrido con el Washington Post no es la crisis de un periódico. Es la mutación de un símbolo. El diario que destapó Watergate ya no es la institución que fue. No porque haya perdido relevancia periodística, sino porque el entorno económico, político y tecnológico que sostenía ese modelo ha cambiado de forma irreversible.
La pregunta ya no es si los medios están en crisis. La pregunta es otra: ¿puede sobrevivir la democracia liberal sin redacciones grandes, costosas e independientes?
Porque el Washington Post no es el primero. El LA Times ha ejecutado múltiples rondas de despidos. BuzzFeed News cerró en 2023. Vice se declaró en bancarrota ese mismo año. El Atlanta Journal-Constitution acaba de recortar un 15% de su plantilla esta misma semana.
Y ninguno será el último.




Fantástico artículo, Eduardo. Una sugerencia para un artículo :¿Es esto trasladable a España? ¿Cuál es el ecosistema financiero y de poder de los medios en nuestro país? ¿En qué medida los intereses empresariales gobiernan o dirigen nuestros medios -tradicionales y digitales-?