El Papa que ha leído a Zuboff: por qué Magnifica Humanitas importa más allá del Vaticano
León XIV firma la primera encíclica de la historia dedicada a la inteligencia artificial. Y dice cosas que ningún jefe de gobierno occidental se atreve a decir
El 15 de mayo de 2026, mientras la Unión Europea aplazaba dieciséis meses la aplicación de las normas centrales del AI Act y la administración Trump consolidaba el desmontaje del marco regulatorio heredado de Biden, el Vaticano publicó el documento más político sobre IA que ha producido institución alguna en lo que va de década. Magnifica Humanitas no es un texto religioso sobre tecnología. Es un texto político con vocabulario teológico.
El diagnóstico que ningún gobierno hace
El párrafo cinco contiene una de las tesis más incómodas del documento: los principales motores del desarrollo ya no son los Estados, sino “actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”. León XIV no nombra a OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Meta, Microsoft, xAI ni ByteDance. No hace falta. Está describiendo el desplazamiento del centro de gravedad del poder geopolítico contemporáneo.
Lo notable no es la observación —Shoshana Zuboff lleva diez años diciéndolo— sino quién la firma. Un Papa diciendo en un documento magisterial que la soberanía efectiva se ha desplazado a corporaciones privadas tiene una densidad política que ningún análisis académico alcanza. Y lo dice precisamente cuando los gobiernos europeos coquetean con la soberanía tecnológica, una expresión que el AI Act ha intentado traducir en normas con resultados muy desiguales —el reciente aplazamiento de su parte más sustantiva es buena prueba—.
La encíclica nombra el problema sin eufemismos. Es más, lo formula con una claridad inusual: “hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA”. Lo que describe es una fase que podríamos llamar post-westfaliana: el poder real está en manos de quien controla las infraestructuras de cómputo, los datos y los modelos fundacionales. El resto, incluidos los Estados, negocia el acceso.
Cuatro tesis que la izquierda institucional europea no termina de articular
La IA no es moralmente neutra. Cada sistema técnico lleva inscritas decisiones sobre qué mide, qué ignora, qué optimiza y cómo clasifica a las personas. La fantasía de la herramienta neutral, tan cómoda para la industria a la hora de eludir responsabilidades, queda explícitamente desactivada. Es Ruha Benjamin, Safiya Noble y Virginia Eubanks elevadas a documento pontificio.
La “alineación” decidida por pocos es una forma de tecnocracia moral. El párrafo 107 desmonta la coartada del AI safety tal como lo entienden los laboratorios de San Francisco. No basta con hacer una IA “más moral” si esa moral la deciden un puñado de ingenieros formados en las mismas tres universidades estadounidenses. La encíclica lo formula con una contundencia inusual: “No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos”. Y reclama “la posibilidad de discutir el código ético que debe ser usado, sometiéndolo a criterios de justicia social compartida”. La pregunta política —¿alineada con quién, decidida por quién, según qué criterios de justicia compartida?— queda formulada con claridad.
Existe un colonialismo de datos. El documento habla de territorios “atravesados por una nueva lógica de extracción” de flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Una crítica explícita al modelo extractivista que las grandes tecnológicas estadounidenses y chinas están desplegando en el Sur global con la complicidad pasiva de organismos internacionales.
Hay un trabajo invisible explotado detrás de cada respuesta de un chatbot. El etiquetado de datos, la moderación de contenidos, el entrenamiento de modelos. Habla de jóvenes, “en su mayoría mujeres”, trabajando duro “a cambio de remuneraciones mínimas”. Habla de adolescentes y niños trabajando en condiciones peligrosas en la trituración de materiales de los que se obtienen las tierras raras. Es la cadena material que Kate Crawford documentó en Atlas of AI y que los moderadores kenianos de OpenAI denunciaron en 2023. El Papa lo ha incorporado.
El concepto en circulación: “desarmar la IA”
La metáfora es deliberada. León XIV no habla de regular ni de gobernar, palabras que la industria ha aprendido a digerir. Habla de desarmar, igual que se habla de desarme nuclear. La equivalencia es exacta: hay una carrera armamentística, ya no solo militar sino económica y cognitiva, por el algoritmo más eficaz y el banco de datos más amplio. Y como en la carrera nuclear, el problema no es la tecnología en sí, sino la asimetría de poder que produce y la equivalencia tácita entre capacidad tecnológica y derecho a gobernar.
La encíclica lo dice sin rodeos: “Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”.
Lo que la encíclica deja fuera
Hay tres ausencias significativas.
La palabra “capitalismo” no aparece como sistema cuestionable. En continuidad con la línea doctrinal de las últimas décadas, el documento habla de “paradigma tecnocrático”, “lógica del lucro”, “estructuras de pecado”, pero se detiene antes del diagnóstico sistémico. La realidad es que conviene identificar el problema no como un capitalismo desviado sino como una fase específica del capitalismo con sus propias leyes de movimiento. La encíclica describe los síntomas con precisión clínica, pero el diagnóstico se queda corto.
La cuestión de género se trata de forma mínima. El párrafo 57 dice cosas correctas sobre la desigualdad de las mujeres, pero el documento no entra en las dinámicas estructurales específicas del sector: sesgos de género en los modelos, generación industrial de deepfakes pornográficos no consentidos, automatización de sectores feminizados como cuidados, administración y atención al cliente. Para un texto que ocupa 245 párrafos, es una omisión llamativa.
La familia como “unión estable entre un hombre y una mujer” (párrafo 165) y la inclusión del aborto, sin desarrollo ni distinciones, entre las “decisiones gravemente ilícitas” (párrafo 55) introducen una jerarquía de derechos que limita la utilidad del marco para coaliciones políticas amplias. Es un peaje teológico que el documento no elude.
La oportunidad geopolítica europea
Magnifica Humanitas aparece en un momento muy concreto: Estados Unidos ha abandonado buena parte de su ambición regulatoria en IA, China consolida su modelo de integración entre Estado y corporaciones tecnológicas, y la Unión Europea acaba de aplazar dieciséis meses la aplicación de las normas más sustantivas del AI Act, en una rendición regulatoria que es vista como el principio del fin de la ambición europea original.
La encíclica ofrece, sin pretenderlo, un marco discursivo para la posición europea. Cuando León XIV habla de desarmar la IA, de proteger a los menores, de regular las plataformas, de reconocer el trabajo invisible, de someter las armas autónomas al control humano efectivo, está formulando con autoridad moral global lo que la UE intenta defender con autoridad regulatoria limitada.
Para los gobiernos europeos —y especialmente para los progresistas— hay aquí un activo retórico que conviene no desaprovechar. No por instrumentalización cínica, sino porque en el espacio público actual los argumentos morales necesitan emisores reconocibles, y la Iglesia católica sigue siendo uno de los pocos emisores con alcance transnacional capaz de competir con el discurso de Silicon Valley.
Qué significa para el debate español
Tres consecuencias prácticas.
Las posiciones críticas con la IA que en España suelen quedar arrinconadas cuentan ahora con un respaldo discursivo de primer nivel. Esto afecta especialmente a debates sobre regulación de plataformas, protección de menores y derechos laborales en la economía digital.
El PP y Vox, que en los últimos meses han mostrado una creciente proximidad al marco desregulatorio estadounidense en materia tecnológica, tienen un problema retórico interno. La encíclica del Papa elegido en 2025 desautoriza buena parte del relato tecnooptimista que ambos partidos importan acríticamente.
Para la izquierda española hay terreno discursivo. La defensa de la dignidad del trabajo, el destino universal de los bienes aplicado a datos y algoritmos, la crítica al colonialismo digital y la denuncia del trabajo invisible son argumentos que pueden tomarse prestados sin coste teológico.
Una observación final
Lo más interesante de Magnifica Humanitas no es lo que dice un Papa. Es lo que dice una institución con dos mil años de experiencia gestionando autoridad cuando observa el desplazamiento del poder hacia una constelación de corporaciones que apenas tiene dos décadas de existencia.
Esa perspectiva histórica, permite a la Iglesia Católica reconocer patrones que a los actores actuales se les escapan. Que la tecnología no es destino, que las élites tecnológicas no son inevitables, que la historia conoce momentos en los que las sociedades han redirigido el desarrollo tecnológico hacia el bien común. La pregunta es si nuestras democracias todavía son capaces de hacerlo. La encíclica sugiere que sí. La realidad política sugiere que está por ver.



