Estados Unidos firma su derrota y la celebra con champán
Miles muertos para reabrir un estrecho que ya estaba abierto: la "paz" de Ormuz es el acta de un fracaso que Trump no logra tapar
Hay derrotas que se firman con champán. La que Donald Trump celebró el domingo en Truth Social, el día de su octogésimo cumpleaños, es una de ellas. «¡Que fluya el petróleo!», escribió, autorizando la reapertura del estrecho de Ormuz como quien corta la cinta de una obra propia. Pero conviene leer la letra que el entusiasmo tapa. Lo que Trump presenta como victoria es, en realidad, el acta de defunción de su propia política exterior: la confesión de que tres meses y medio de guerra, miles de muertos y una economía mundial zarandeada han servido para regresar, exactamente, al punto donde estábamos antes de empezar.
Repasemos qué había en vísperas del 28 de febrero, el día en que Estados Unidos e Israel lanzaron la ofensiva. Había un estrecho de Ormuz abierto, por el que circulaba la quinta parte del petróleo y el gas del planeta. Y había una promesa iraní de no dotarse de armamento nuclear. Repasemos ahora qué queda sobre la mesa tras el acuerdo preliminar anunciado el domingo: un estrecho que volverá a abrirse y una promesa iraní de no buscar la bomba. Lo mismo. Idéntico. Solo que con miles de cadáveres de por medio, una Guardia Revolucionaria que sale de la guerra más fuerte de lo que entró y una factura que Teherán ya empieza a pasar.
Esto no es una paz. Es un canje en el que una de las partes ha pagado un precio descomunal por recuperar lo que tenía.
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El espejo que Trump no quiere mirar
Lo más revelador no está en lo que el acuerdo contiene, sino en el miedo que delata. Hay algo que el presidente estadounidense no tolera bajo ningún concepto: que se le reproche que el resultado se parece —o es peor— al acuerdo nuclear que Barack Obama firmó con Irán en 2015. Aquel pacto, el JCPOA —Joint Comprehensive Plan of Action o Plan de Acción Integral Conjunto—, limitaba el programa nuclear iraní a cambio de aliviar sanciones, y el Organismo Internacional de la Energía Atómica certificaba que Teherán lo cumplía. Trump lo dinamitó en 2018 calificándolo de «terrible». La consecuencia directa de aquella salida fue que Irán aceleró su enriquecimiento de uranio hasta colocarse, según las estimaciones de la propia Washington, a un paso del umbral militar.
Es decir: Trump rompió un acuerdo que funcionaba, provocó con ello la escalada nuclear que decía querer evitar y ahora libra una guerra para terminar negociando una versión recauchutada de aquello que destruyó. El círculo se cierra sobre sí mismo con una perfección casi didáctica. Quien quiera entender el coste real del trumpismo en política exterior tiene aquí el caso de estudio: la demolición de la diplomacia multilateral no produjo nada mejor, produjo lo mismo a un precio sangriento.
Una guerra con calendario electoral
¿Por qué firmar ahora, y con tanta prisa por anunciarlo? Las fechas hablan solas. El acuerdo se proclama el día del cumpleaños del presidente y a menos de cinco meses de las elecciones de medio mandato de noviembre. El cierre de Ormuz disparó los combustibles y empujó la inflación a su nivel más alto en años; la popularidad de Trump está en mínimos y a los republicanos del Congreso les urgía cortar la hemorragia antes de las urnas. La guerra empezó como demostración de fuerza y termina como gestión de daños domésticos. Cuando una política exterior se subordina al calendario electoral hasta este punto, deja de ser estrategia para convertirse en publicidad.
La publicidad necesita un relato. De ahí la euforia mayúscula en Truth Social, las mayúsculas literales, los signos de exclamación, el «arranquen motores». Pero el relato tiene un problema: al otro lado también se fabrica una victoria. La televisión estatal iraní proclamó que Estados Unidos «se vio obligado a firmar», y la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, presumió de haber arrancado concesiones de última hora. Dos países, dos triunfos incompatibles sobre el mismo papel. Cuando ambos bandos venden la misma firma como su victoria, lo razonable es sospechar que nadie ha ganado y que el documento dice mucho menos de lo que cada uno proclama.
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El bloque occidental, descosido
Hay un detalle que merece más atención de la que está recibiendo: el estado en que esta guerra deja las alianzas de Washington. Israel, el socio que lanzó la ofensiva junto a Estados Unidos, ha quedado al margen de la negociación y respondió bombardeando los suburbios del sur de Beirut el mismo día del anuncio, amenazando con descarrilarlo todo. La reacción de Trump fue arremeter en público contra Netanyahu en términos gruesos. El aliado al que armó se le ha desbocado, y lo único que le queda es insultarlo desde la grada.
Mientras tanto, la mediación que ha hecho posible el acuerdo no ha pasado por Washington ni por Bruselas, sino por Islamabad, con Qatar, Turquía y Egipto de reparto. Y el G-7, reunido en Evian, ha corrido a ofrecerse para levantar sanciones, en el papel de comparsa que ratifica lo ya pactado por otros. El eje diplomático se ha desplazado, y Estados Unidos ya no aparece como quien dirige a sus socios, sino como quien apaga los incendios que él mismo prendió.
Lo que queda
Conviene la prudencia: esto es un acuerdo preliminar. La firma se prevé para el viernes en Suiza, y se abre un plazo de negociación en el que el asunto nuclear, el más espinoso, sigue sin resolverse. Israel ya demostró el domingo que puede dinamitarlo. Nada está cerrado. Pero hay un detalle del memorando que merece destacarse: incluye la retirada de tropas estadounidenses. Quien gana una guerra no suele pactar su propia salida.
La lección de fondo es que la coerción militar llevada al máximo —ultimátums apocalípticos, amenazas de «destrucción total», la advertencia de que «una civilización entera podía desaparecer»— ha rendido el mínimo: volver al casillero de salida con la región igual de inestable y miles de muertos que no volverán. Trump firmará como triunfo la prueba de que su guerra no servía para nada. El trabajo de quien analiza es no aplaudir el champán y leer el acta.



