La oportunidad de Sánchez que la derecha subestima
El otoño de 2026 puede reproducir el escenario de julio de 2023: no una mayoría del PSOE, sino la reactivación del bloque progresista y plurinacional que respalda a Sánchez en La Moncloa
El otoño de 2026 podría convertirse en el momento en que la política española replique el patrón de julio de 2023. La clave no será que el PSOE gane por sí solo, sino que la suma de fuerzas afines recupere la capacidad de formar gobierno. No se trata de una victoria absoluta, sino de que el bloque progresista y el plurinacional vuelvan a sumar en un contexto de máxima tensión judicial y polarización. Ese, y no otro, es el escenario que posibilitaría a Pedro Sánchez mantener la Presidencia del Gobierno.
El marco democrático frente a la ofensiva de la derecha
El eje del momento es la confrontación entre la defensa del Estado democrático y la voluntad de la derecha de acceder al poder antes del final natural de la legislatura. Mientras PP y Vox compiten por definir su estrategia, una parte significativa del electorado percibe que el objetivo no es gobernar mejor, sino desalojar al gobierno actual por cualquier vía.
Esa percepción se intensifica con la convergencia de procesos judiciales que alcanzan su punto álgido entre mayo y junio de 2026. El juicio a David Sánchez, hermano del presidente, arrancó el 28 de mayo por su contratación en la Diputación de Badajoz. Begoña Gómez ha sido citada por el juez Peinado el 9 de junio en calidad de acusada, antesala de un juicio con jurado popular. Y la declaración de José Luis Rodríguez Zapatero ante la Audiencia Nacional, en la causa de Plus Ultra, se ha aplazado a petición de su defensa hasta el 17 y 18 de junio. A todo ello se suma la presencia de la UCO en Ferraz. El ciclo eclipsa incluso el juicio del caso Kitchen y desplaza el foco mediático hacia una percepción de asedio judicial que moviliza al electorado progresista. No estamos ante un ciclo electoral ordinario, sino ante una pugna por la continuidad del gobierno.
El progresismo y la percepción de una operación coordinada
Una parte del electorado progresista percibe que existe una operación coordinada para debilitar al Gobierno. No importa tanto la existencia de esa operación, sino lo extendido de esa lectura. Y se alimenta de la simultaneidad de tres frentes: los procesos judiciales de alto impacto contra el entorno del presidente y del PSOE; las estrategias discursivas de PP y Vox para alentar la caída de Sánchez; y las campañas mediáticas que entrelazan corrupción, inestabilidad y «desgaste gubernamental».
Cuando el votante progresista interpreta que no asiste a un ciclo de rendición de cuentas, sino a un «ataque sistémico», su respuesta habitual es la movilización defensiva: se vota para proteger la democracia y las siglas de su partido, no por entusiasmo programático. Además, se dibuja el advenimiento derechista como algo inevitable. Esto último es exactamente el resorte que operó en julio de 2023. Todo ello constituye el activo más subestimado del socialismo, con una particularidad que conviene no pasar por alto: no se activa tanto por la gestión del gobierno, sino por cómo el electorado lee lo que ocurre en los juzgados. Es un resorte que el PSOE no controla y que puede operar a su favor o desactivarse, según el clima de cada momento.
La izquierda: evitar que el voto se pierda
El reto de la izquierda a la izquierda del PSOE no es hoy construir un proyecto de largo recorrido, sino articular una candidatura que evite la fragmentación. La vía más sólida es una candidatura unitaria de la izquierda estatal. Se ha especulado también con un eventual reposicionamiento de Gabriel Rufián como articulador de una plataforma de ámbito estatal.
Conviene ser cauto: ERC ha cerrado por ahora esa puerta con claridad, y los movimientos de Rufián en los últimos meses parecen responder más a una recolocación interna en el independentismo catalán que a un proyecto de confluencia con la izquierda española. Es un escenario que conviene seguir, pero que hoy no pasa de hipótesis.
El objetivo, en cualquier caso, es que el conjunto de ese espacio —Sumar, Podemos y las confluencias territoriales— sume en torno al 11% estatal y, sobre todo, que ese voto no se disperse entre listas incapaces de superar las barreras provinciales. Sin esa coordinación, la izquierda se fragmenta, pierde escaños por el efecto del sistema electoral y el PSOE se queda sin apoyos por su flanco izquierdo. La tarea no es ideológica, sino aritmética.
El PSOE y la línea de flotación
Para que Sánchez pueda seguir gobernando, el PSOE tendría que acercarse de nuevo al entorno del 29-30% de los votos. Ese umbral es crítico por tres razones: mantiene al partido como fuerza imprescindible para cualquier mayoría progresista; reduce el margen del PP, cuyo techo se ha venido moviendo en torno al 31-33%; y le permite negociar la continuidad de un gobierno progresista. Con esa cota, el PSOE no necesita ganar, pero sí ser indispensable. Recuperarlo en el momento en que se reactive la tensión electoral —que existan unas elecciones a la vista— es la primera condición del escenario que aquí se describe.
El flanco derecho del electorado socialista
Uno de los datos más delicados para la continuidad de Sánchez es la fuga de una parte del electorado socialista hacia la derecha. Distintos sondeos han venido cuantificando ese trasvase en una horquilla significativa. No es un fenómeno menor: en un sistema tan ajustado, esos votos pueden decidir mayorías.
El PSOE puede contener esa fuga apoyándose en un mecanismo ya probado: enmarcar la elección como defensa de la democracia más que como plebiscito de gestión. En 2023, los indecisos que temían un gobierno PP-Vox terminaron movilizándose, y el discurso de estabilidad pesó frente a un bloque de derechas dependiente de la ultraderecha. Que esa fórmula vuelva a funcionar dependerá de si el contexto judicial y mediático refuerza, de nuevo, el reflejo defensivo del electorado progresista.
El freno de Vox
La ultraderecha ya atravesó un estancamiento tras el verano de 2024. El miniciclo electoral autonómico le devolvió protagonismo: sin mayorías absolutas, el PP se vio obligado a pactar con Abascal en las cuatro comunidades. Pero las expectativas de la formación ultraderechista se han visto en parte frustradas. Los pactos autonómicos no han consolidado plenamente su modelo y empiezan a aparecer signos de desgaste.
Los datos más recientes apuntan en esa dirección. Tres factores explican esa inflexión: la fatiga del votante más radical, las disputas internas y la aparición territorial de Se Acabó la Fiesta —que obtiene porcentajes mínimos pero relevantes para erosionar a los de Abascal— le resta voto a Vox por su propio flanco. Si esa tendencia se confirma, el espacio de la ultraderecha podría entrar en una fase de repliegue.
La encrucijada del PP
Alberto Núñez Feijóo se mueve en un dilema de difícil salida. Si disputa a Vox el electorado de la derecha más dura, descuida el centro; si se ancla en el centro, se expone a no movilizar lo suficiente en su bloque. Esa tensión ha venido impidiendo que el PP ensanche su espacio de forma decisiva y consolide una ventaja inequívoca sobre el PSOE. Su dependencia de Vox sigue siendo, además, un lastre para presentar una alternativa de gobierno tranquilizadora ante el votante de centro: cada ejecutivo autonómico pactado con Abascal refuerza precisamente el marco descrito al principio.
El otoño como ventana de oportunidad
El otoño de 2026 no garantiza nada al PSOE y al Gobierno de coalición, pero abre una ventana real si convergen varios factores: la movilización del progresismo ante la percepción de una ofensiva judicial y política; la articulación de una candidatura a la izquierda del PSOE que evite la dispersión del voto; la recuperación socialista hacia el entorno del 29-30%; el freno de Vox y el dilema estratégico del PP.
Si esos factores se alinean, el otoño será la oportunidad de Sánchez para reproducir el escenario de julio de 2023: la vuelta a sumar del bloque progresista y plurinacional que le permita seguir siendo presidente. Si no se alinean, el mismo ciclo judicial que hoy puede movilizar a su electorado podría acabar agotándolo. Esa es la incógnita que el otoño está llamado a despejar.
Queda una última pieza, que excede el calendario de otoño pero lo enmarca. La proyección exterior de Sánchez —su defensa del multilateralismo, su denuncia de la deriva belicista, su apuesta por una posición autónoma frente a Washington— le ha dado en los últimos meses un perfil singular entre los líderes europeos, en sintonía con una opinión pública del sur cada vez más alejada de la lógica atlántica automática. No es un factor que vaya a decidir un resultado electoral, pero sí refuerza el relato de fondo: dentro y fuera, Sánchez se presenta en el mismo lado de la línea, el de la defensa del orden democrático y de derechos. Y en política, cuando el relato interior y el exterior apuntan en la misma dirección, el conjunto resiste mejor los embates.




Hola Eduardo. Yo parto de una base bien distinta: el electorado de izquierda se va a desmovilizar.
Tal vez Sánchez espere la absolución de su esposa,o ell juicio a González Amador, para tener alguna bala que disparar, pero creo que el daño está ya hecho (por acumulación) en el votante del PSOE sin fidelizar. El argumento de que viene la ultraderecha me parece que ya no funciona.
Pero por otro lado, jugar la baza de la conspiración para repetir los resultados de 2023 dejaría muy tocado institucionalmente al país. Y si esa baza se basara en hechos reales no te quiero contar.
Pase lo que pase, no es bueno (en mi opinión) en términos democráticos.
Gracias por tu análisis