Minnesota o cómo se ensaya el miedo
El lugar donde la Administración Trump empezó a mirarse a sí misma como amenaza
Hay momentos en los que la política deja de ser debate y se convierte en atmósfera. Minnesota vive uno de ellos. En las últimas semanas, el despliegue de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (United States Immigration and Customs Enforcement: ICE) en comunidades con alta población inmigrante ha generado una tensión que trasciende la mera aplicación de leyes migratorias: apunta hacia la normalización de la sospecha interna como herramienta de gobierno. No se trata de una ley concreta ni de una decisión judicial aislada, sino de algo más profundo: la instalación de un marco mental en el que el peligro no viene de fuera, sino de dentro. Y cuando una administración empieza a gobernar desde esa premisa, todo cambia.
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la política migratoria ha dejado de presentarse como una cuestión de gestión para convertirse en una herramienta de autoridad. Ya no se trata solo de cuántas personas entran o salen del país, sino de quién tiene derecho a pertenecer, quién puede ser señalado y qué coste político tiene disentir. Minnesota (estado demócrata, con una tradición sólida de organización comunitaria y una memoria reciente de conflicto social tras el asesinato de George Floyd) se ha convertido en el escenario idóneo para poner a prueba ese giro.




