Sirat y la derecha libertaria
La huida imposible y el mundo que siempre alcanza
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Aviso al lector: el contenido de este artículo desvela elementos importantes del argumento.
Sirat (2025), dirigida por Óliver Laxe, puede leerse (más allá de la opinión que nos merezca en términos cinematográficos) como una crítica política profunda y silenciosa a uno de los imaginarios más persistentes del presente: la idea de que es posible escapar del sistema, del Estado y, en última instancia, de la sociedad. En un contexto marcado por el auge de la derecha libertaria entre diversos sectores, Sirat no entra en el debate desde el panfleto ni desde la denuncia explícita, sino desde la experiencia. Acompaña a sus protagonistas en una huida radical y, paso a paso, muestra por qué esa huida no es emancipadora, sino una ilusión que se quiebra al confrontarse con la realidad material, social y geopolítica del mundo contemporáneo.
El deseo de huir: cuando el malestar se convierte en retirada
La derecha libertaria contemporánea no surge como un proyecto colectivo alternativo, sino como una respuesta emocional al desgaste institucional. Tras años de crisis superpuestas (económicas, sanitarias, climáticas, políticas), una parte del malestar social se canaliza hacia una conclusión simplificada: el problema es el Estado y sus instituciones; la solución, salir de él. No se trata tanto de construir algo nuevo como de retirarse: no depender, no esperar, no participar.
Sirat arranca desde ese mismo impulso. El viaje hacia el desierto y la rave simboliza la búsqueda de un “afuera” donde las mediaciones desaparecen: sin normas visibles, sin burocracia, sin estructuras. La libertad se imagina como desarraigo, como movimiento constante, como ruptura con lo común. En este punto, la película comparte el punto de partida emocional del discurso libertario: la promesa de que la vida auténtica empieza cuando se abandona la sociedad organizada.
La experiencia del “afuera”: libertad sin cuidados
Lo que el film muestra es que esa huida no genera autonomía, sino vulnerabilidad. El viaje no es una liberación progresiva, sino un proceso de desgaste físico y emocional. La comunidad es frágil, provisional, incapaz de sostener cuidados. No hay conflicto político explícito, pero sí algo más revelador: ausencia de bienestar, de previsibilidad, de futuro.
Aquí aparece con claridad la farsa libertaria. La derecha libertaria confunde libertad con ausencia de Estado, pero Sirat muestra que la ausencia de estructuras colectivas no produce independencia real, sino desprotección. Sin servicios públicos, sin redes de cuidado, sin infraestructuras, la vida se reduce al presente inmediato. Y una vida que no puede proyectarse no es libre, solo es precaria.
La película dialoga de forma evidente con el imaginario de las comunidades “off-grid” o radicalmente alternativas, tan celebradas en ciertos entornos culturales y digitales. Estas experiencias prometen autosuficiencia, horizontalidad y comunidad sin Estado. Sin embargo, su límite es estructural: sin normas compartidas ni recursos comunes, el poder no desaparece, se desplaza; y el cuidado recae de forma desigual.
En Sirat, la rave no es una utopía, sino una burbuja temporal. Existe mientras dura el movimiento, la música, el desplazamiento. Cuando el viaje se detiene, no hay nada que sostenga la vida. No hay reproducción social, no hay continuidad. La película muestra así que el problema no es solo político, sino temporal: la huida puede ser intensa, pero no puede durar permanentemente.
El mundo que no se puede ignorar
Uno de los elementos más importantes (y a veces menos subrayados) del film es cómo el conflicto internacional atraviesa y condiciona el viaje. Aunque los protagonistas intentan situarse al margen, la violencia del mundo no desaparece porque se la ignore. Las fronteras (incluida la omisión deliberada del Sáhara Occidental), los controles, la inestabilidad geopolítica y la amenaza permanente del conflicto actúan como recordatorio de que no existe un “afuera” neutral.
Este punto es clave para entender la crítica. La derecha libertaria imagina al individuo como una unidad soberana que puede aislarse del contexto político global. La película demuestra lo contrario: incluso quienes huyen del Estado están condicionados por decisiones que se toman muy lejos de ellos. El conflicto internacional no es un telón de fondo abstracto; es una fuerza que delimita movimientos, impone riesgos y define posibilidades. De la misma forma que ocurre en la película con la zona minada.
No solo es imposible escapar de la sociedad, también lo es escapar del mundo. La geopolítica, como el Estado, no desaparece porque se la rechace. La libertad individual no puede abstraerse de un orden global atravesado por desigualdades, violencia y relaciones de poder. La huida libertaria ignora esta dimensión, pero la película la devuelve con crudeza.
El tren: infraestructura, retorno y constatación
El final del tren condensa todas estas tesis sin pronunciarlas. No hay redención ni reconciliación ideológica. Hay una infraestructura pública que permite volver. El tren representa aquello que el la derecha libertaria desprecia pero necesita: inversión colectiva, orden previo, previsibilidad. No se vuelve al sistema por convicción, sino por necesidad.
Ese regreso no es un fracaso moral de los protagonistas, sino la constatación de un límite estructural: no existe una vida humana sostenible al margen de las redes de la sociedad, estatales y globales que la hacen posible. El tren no simboliza un Estado ideal, sino una realidad material ineludible.
La fuerza política de Sirat reside en su negativa a ofrecer consignas. No idealiza el Estado ni romantiza lo común, pero muestra el coste real de abandonarlos. Frente al relato libertario de la autosuficiencia, la película recuerda algo elemental: la libertad no es ausencia de dependencia, sino dependencia compartida y organizada.
En un tiempo en el que la derecha promete libertad sin red, Sirat muestra el vacío bajo los pies. La huida no es emancipadora porque ignora las condiciones materiales, sociales y geopolíticas que sostienen la vida. El conflicto internacional, la infraestructura y el retorno final funcionan como recordatorios incómodos: el mundo no se puede apagar. Y quien intenta vivir como si pudiera hacerlo, acaba alcanzado por aquello de lo que pretendía escapar.



