Solo un tercio de los españoles se fía de las noticias
El Digital News Report 2026 certifica el fin del medio de masas en España. Salvo la televisión, informar ya no consiste en llegar a todos, sino en ser creído por los tuyos
Hay una cifra en el último Digital News Report que se ha leído como una buena noticia y que es, en realidad, el síntoma más claro de lo que está pasando. La confianza en las noticias sube dos puntos, hasta el 33%. Pero el dato que importa no es ese: es que el 42% de los españoles afirma fiarse solo de las noticias que elige consumir. La confianza, en España, ha dejado de ser un bien general para convertirse en un bien de nicho. Ya no se confía en la prensa; se confía en mi prensa.
Ese desplazamiento —de la confianza institucional a la confianza tribal— es la verdadera clave del informe. La crisis de los intermediarios —que también afecta a la credibilidad de la política o la justicia— se consolida respecto a los medios de comunicación.
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Fuentes: el fin del intermediario único
La televisión cae al 56%, su mínimo histórico desde 2013, cuando alcanzaba el 72%. Las redes sociales escalan al 47%. Los medios online dominan con el 71% y la prensa impresa se desploma al 21%. La visión conformista de esto podrá decir que es, simplemente, digitalización. No lo es.
Lo que se está desmoronando no es un soporte, sino una función: la del intermediario único. Durante el siglo XX, un puñado de cabeceras y dos o tres telediarios decidían qué era noticia para todos. Ese monopolio de la mediación —que tenía costes democráticos evidentes, pero también una virtud: producía una realidad compartida— ha terminado. El informe lo certifica a escala mundial: por primera vez, las plataformas superan a la televisión y a las webs como vía de acceso a la actualidad. El portero ha sido sustituido por el algoritmo, que no selecciona por relevancia pública sino por afinidad individual.
Y aquí aparecen los nuevos intermediarios, más opacos que los anteriores: los chatbots de inteligencia artificial, que duplican su uso como fuente de noticias en un año (del 4% al 8%). La paradoja es cruel. Justo cuando el 74% de los españoles dice temer no distinguir lo verdadero de lo falso —cifra récord y, por primera vez, transversal a todas las clases sociales—, una parte creciente delega esa distinción en un sistema que no rinde cuentas a nadie y que fabrica verosimilitud sin garantizar veracidad. Sustituimos un intermediario imperfecto pero identificable por otro infalsificable en apariencia e irresponsable en la práctica.
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Plataformas: Instagram gana, X se vacía, y cada una es ya una ideología
Instagram se convierte en la primera red para informarse (32%, +14 puntos), por delante de Facebook (31%). WhatsApp se consolida (29%). Y X, la antigua plaza pública de la conversación política, se hunde: un 16% para noticias y apenas un 22% de uso general, la penetración más baja de todas las plataformas analizadas.
El caso de X merece detenimiento, porque desmiente una idea antaño extendida. Durante años se asumió que quien controlara Twitter controlaba la conversación. La deriva de la plataforma bajo la mano de Elon Musk ha demostrado lo contrario: una red puede ganar estridencia política mientras pierde audiencia real. X es hoy más ruidosa y más pequeña; un altavoz para quien ya está dentro, irrelevante para casi todos los demás. Es el primer ejemplo acabado de una trinchera: máxima intensidad, mínimo alcance, —salvo para políticos y periodistas que siguen sobredimensionando su alcance—.
Porque eso es lo que son ya las plataformas: no canales neutros, sino entornos con sesgo sociológico propio. El informe lo confirma con la brecha generacional —los jóvenes se informan en vídeo por TikTok e Instagram, los mayores siguen en Facebook y YouTube—, pero el fenómeno va más allá de la edad. Elegir plataforma es elegir comunidad, y elegir comunidad es, cada vez más, elegir bando. La infraestructura misma del consumo informativo está organizada en compartimentos que rara vez se comunican.
Confianza: el mapa de las trincheras
La radiografía más reveladora es un mapa de trincheras, no una clasificación de calidad, respecto a los medios de comunicación en España. El dato decisivo no está en la columna de quién encabeza, sino en la advertencia que el propio informe repite: las cifras de confianza dependen del color político de quien responde. Una misma cabecera es fiable para la mitad del país e indigna de crédito para la otra mitad. Esto no mide la calidad del periodismo; mide la afiliación del lector. Cuando el juicio sobre un medio se predice mejor por la ideología del encuestado que por el rigor del medio, la confianza ha dejado de ser una evaluación y se ha convertido en una pertenencia.
Hay, sin embargo, una excepción que ilumina todo el cuadro: los diarios regionales y locales lideran la confianza (54%) con la menor desconfianza de la tabla (14%). ¿Por qué? Porque operan por debajo de la línea de fuego de la guerra cultural nacional que emana de Madrid DF. Lo local todavía se percibe, gracias a su proximidad, como servicio, no como bando. Es la prueba, por contraste, de que la desconfianza no nace del periodismo, sino de su politización en el campo de batalla estatal.
Alcance: dos mapas que ya no se solapan
En el consumo offline, Antena 3 manda (40%), seguida de RTVE (30%) y LaSexta (23%). En el online, El País lidera (15%) con elDiario.es pisándole los talones (14%). Dos ecosistemas, dos lógicas.
Aquí está la asimetría que define el momento. La televisión sigue siendo el último medio de masas: llega a todos, atraviesa franjas de edad e ideología, conserva algo del viejo papel de productor de realidad común. Por eso su confianza es relativamente alta y transversal. El resto del sistema, en cambio, ya no juega a las masas: juega a los nichos. Y en el nicho, la regla no es ampliar, sino profundizar; no convencer al indeciso, sino fidelizar al convencido.
La disyuntiva de la izquierda mediática
De aquí se sigue una conclusión que el sector progresista no termina de asumir. En un sistema de trincheras, la neutralidad no se premia: se castiga. El medio que aspira a gustar a todos termina sin gustar a nadie lo suficiente como para que le paguen —y el 9% de españoles que abona por noticias, una cifra estancada año tras año, marca el techo de ese modelo—. Los medios que crecen, los que generan comunidad y suscripción, son los que han asumido una identidad reconocible y han hecho de su nicho una fortaleza.
Esto coloca a la izquierda mediática ante una disyuntiva incómoda. Puede seguir reclamando un periodismo de servicio público, equidistante y dirigido al conjunto —un modelo noble pero que el mercado de la atención ya no sostiene fuera de la televisión—, o puede asumir que su supervivencia pasa por ocupar con claridad la trinchera en la que de hecho ya está, construir comunidad sobre ella y financiarse con la lealtad de quienes se reconocen en su mirada. La derecha mediática hace tiempo que eligió: COPE, OKDiario o el ecosistema digital ultra no fingen neutralidad, y precisamente por eso retienen a los suyos.
La trinchera, para un medio, ya no es una anomalía a corregir: es el terreno donde se juega la viabilidad. Quien tiene un nicho y lo cultiva, sobrevive; quien dispersa su identidad buscando un centro que ya no consume prensa de pago, se desangra.
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El precio de tener razón
Conviene, sin embargo, no celebrar lo que es a la vez un diagnóstico y una derrota. Que la trinchera sea la estrategia racional para cada medio por separado no significa que sea buena para el conjunto. Un sistema informativo fragmentado en comunidades que no se solapan, donde cada cual se fía solo de los suyos y la verdad se vuelve cuestión de bando, es exactamente el caldo de cultivo en el que prospera la desinformación —ese 74% de miedo no es casual— y se erosiona el suelo común sin el cual la deliberación democrática no funciona.
Esa es la tensión que el progresismo no puede esquivar: la misma lógica de nicho que hoy permite sobrevivir a un medio de izquierdas es la que, generalizada, disuelve el espacio compartido que la izquierda necesita para gobernar para la mayoría. Construir la propia trinchera puede ser inevitable. Pero conviene hacerlo sabiendo que cada trinchera que se cava hace un poco más profunda la zanja que separa a un país de sí mismo.
Pervive el interés por la actualidad —un 54% declara seguirla con atención—, pero se encuentra fracturado. Los españoles quieren volver a mirar. La pregunta es si les queda algún sitio desde el que mirar compartiendo elementos comunes en su visión de la realidad.




Es muy inquietante para quienes queremos hacer periodismo de calidad, situado pero no partidista, ver cómo se valida el modelo partisano por parte del público. El modelo de Canal Red y de Woke Up News están señalando por donde va a ir la tendencia en la izquierda y en los medios, supongo.