El objetivo no es que te creas una mentira. Es que no te creas nada
Tres series —The Undeclared War, 8 meses y The Capture— describen las tres capas del conflicto híbrido: las redes, las élites y la mirada. Las tres tratan de confianza
El lunes 10 de agosto, el Säpo —el servicio de seguridad sueco— comunicó que había desarticulado una operación de inteligencia rusa dirigida a influir en la toma de decisiones del país y a desacreditar a Suecia, la UE y la OTAN. El diseño tiene especial relevancia: dos oficiales del SVR reclutaron a un hombre que trabajaba en la misión diplomática de un tercer país en Estocolmo y le encargaron recabar información sobre el proceso de decisión sueco. Los tres tenían inmunidad diplomática, los tres han salido del país y ninguno será juzgado. El ministro de Justicia, Gunnar Strömmer, se apresuró a desvincular el caso de las elecciones suecas de septiembre: esto, dijo, «es parte de un patrón en el que Rusia y otros actores estatales actúan de manera ofensiva para promover sus intereses en Suecia».
Esa frase —no es un ataque, es un patrón— es exactamente la tesis de tres series de ficción europea que llevan años contándonos lo mismo. Una de ellas, precisamente sueca, es literalmente esa noticia rodada dos años antes.
Esto no es una newsletter sobre televisión. Es un artículo sobre por qué la ficción de espionaje ha entendido el conflicto híbrido mejor que buena parte de la literatura académica y casi toda la cobertura periodística: porque ha entendido que el objetivo no es la infraestructura, ni siquiera el voto. Es la capacidad de un país de creerse a sí mismo.
El mapa en tres capas
Un ataque híbrido no ocurre en un sitio. Ocurre en tres, simultáneamente, y cada serie ilumina uno.
Primera capa: la infraestructura. Cables, protocolos, sistemas de registro electoral, redes eléctricas. Es la capa que sale en los titulares porque es la única que produce un hecho verificable: algo se cayó.
Segunda capa: las élites. Personas con acceso a decisiones. No hace falta hackear un ministerio si puedes colocar a alguien —o comprometer a alguien— en su gabinete. Es la capa más antigua del espionaje y la que menos ha cambiado.
Tercera capa: la mirada. La percepción pública. Lo que la ciudadanía cree que ha pasado. Es la única capa que decide el resultado, y es la única en la que el defensor puede hacerse tanto daño como el atacante.
Las tres series son, en ese orden, un manual.
The Undeclared War: el Estado que no puede contar la guerra que libra
Peter Kosminsky pasó años investigando el sector de la ciberseguridad a ambos lados del Atlántico antes de escribir y dirigir esta serie para Channel 4 en 2022. El resultado se sitúa en un Reino Unido de 2024 en vísperas de elecciones generales: una prueba de estrés rutinaria sobre la infraestructura de internet sale mal, y un equipo de analistas del GCHQ descubre que lo que parecía un fallo era la primera fase de un ataque encadenado.
Lo interesante no es la trama técnica —aunque sea la más solvente que se ha rodado sobre análisis de malware, con toda la pedagogía visual que eso exige—. Lo interesante es la pregunta que la serie pone en el centro y que la comunicación pública española no se ha hecho todavía en serio: ¿Cómo se defiende una democracia de un ataque que no puede reconocer que está sufriendo?
Reconocerlo implica admitir vulnerabilidad, dar información al adversario sobre qué has detectado y qué no, y —esto es lo decisivo— abrir la puerta a que cualquier resultado electoral posterior quede bajo sospecha. No reconocerlo implica que la ciudadanía se entere por otras vías, peores, y concluya que el Estado le ha mentido. Kosminsky lo formula sin adornos: cómo se gana una guerra que la mayoría del público no sabe que se está librando.
En la serie, la respuesta institucional oscila entre el silencio técnico y la tentación de responder con la misma moneda. Ninguna de las dos funciona. Y hay un detalle que conviene subrayar porque es el más incómodo: la manipulación del censo no busca invertir el resultado de manera espectacular, sino desactivar la inscripción de electores musulmanes y afrodescendientes. El ataque no inventa una fractura. Explota una que ya estaba.
8 meses: cuando el vector es el gabinete de prensa
Aquí está la serie más útil de las tres para cualquiera que trabaje en comunicación política. 8 meses —Doktrinen en su título original sueco, que dice mucho más— se estrenó en Suecia en noviembre de 2024, adapta la novela de Magnus Montelius y está en Filmin desde mayo del año pasado. Seis episodios.
La premisa: Nina Wedén, periodista que encadena contratos precarios, consigue la exclusiva que hunde al ministro de Asuntos Exteriores. La exclusiva le da prestigio y, sobre todo, le da una oferta: ser secretaria de prensa del nuevo ministro, Jacob Weiss, joven, carismático, con un país entero rendido. Hasta que aparece un hueco de ocho meses sin explicar en su currículum.
El diseño de la operación es lo relevante. No hay un solo hackeo destacado en toda la serie. El vector de entrada no es un servidor: es una filtración bien colocada a una periodista con incentivos profesionales evidentes para publicarla. La filtración es verdadera en la ficción. El escándalo es real. Sin embargo funciona como operación porque quien la entrega decide a quién, cuándo y en qué secuencia.
Eso es lo que la conversación española sobre desinformación sigue sin asimilar: la operación de influencia más eficaz no distribuye mentiras. Distribuye verdades con temporización estratégica y las coloca en el circuito de credibilidad más alto disponible. Un bulo se desmiente. Una exclusiva verificada que llega en el momento exacto para descabezar a un ministerio, no.
Hay una segunda lección, más dura para nuestro gremio: el punto de entrada al Estado no es el sistema de seguridad, es el aparato comunicativo. La dirección de comunicación de un ministerio es el lugar donde convergen el acceso a la decisión, el acceso al relato y el menor nivel de contrainteligencia de todo el edificio. Nadie somete a un gabinete de comunicación al mismo estándar de verificación de seguridad que a un director general. Debería.
Suecia lo sabe mejor que nadie. Creó en 2022 una agencia estatal específica —la Myndigheten för psykologiskt försvar, la Agencia de Defensa Psicológica—, ingresó en la OTAN en 2024 y aun así el lunes tuvo que anunciar que había tenido a oficiales del SVR operando bajo inmunidad diplomática y reclutando dentro de una embajada extranjera en su propia capital.
The Capture: la tentación defensiva
The Capture es la más veterana de las tres —BBC One, 2019— y la que ha envejecido de la manera más inquietante. Tres temporadas, dieciocho episodios, y una idea que en 2019 parecía ciencia ficción y hoy es un problema de admisibilidad probatoria en tribunales de medio mundo: el metraje de videovigilancia puede fabricarse, sustituirse en tiempo real y presentarse como prueba.
La primera temporada plantea el caso. La segunda amplía el escenario: feeds informativos intervenidos, deepfakes de un diputado en ascenso, tensión entre gobierno y grandes tecnológicas, corrupción en el corazón del sistema mediático británico. La tercera, emitida entre marzo y abril de este año, sitúa la acción doce meses después de que la protagonista destapara el programa emitiendo en directo el deepfake de un ministro. Hay una comisión de investigación sobre su uso ilegal, y ella dirige ahora la unidad antiterrorista con un encargo explícito: recuperar la confianza pública en la videovigilancia mediante un sistema nuevo, bautizado —sin ironía aparente— Operation Veritas.
Lo esencial de The Capture no es el deepfake. Es quién lo usa y con qué justificación. El programa se llama Correction, y no es una operación rusa. Es británica. Se manipulan las grabaciones de videovigilancia para corregir la realidad: para condenar a alguien que los servicios saben culpable pero no pueden probar, para neutralizar a un actor hostil, para sostener una narrativa que se considera necesaria. Cada manipulación individual tiene una justificación defendible. El conjunto destruye la posibilidad misma de que exista una prueba.
Ahí está la aportación decisiva de la serie al debate: el daño mayor en un conflicto híbrido no lo suele causar el ataque. Lo causa la respuesta. Un adversario que inyecta desinformación produce un daño acotado y, en general, reparable. Un Estado que responde construyendo capacidades de manipulación —o simplemente reservándose el derecho de decidir qué imágenes son auténticas— produce un daño estructural: convierte cada verificación oficial en una afirmación política más. Cuando el ciudadano descubre que existe un Correction, ya no hay ninguna imagen que le sirva. Ni las falsas ni las verdaderas. La operación adversaria no necesitaba tanto.
La tercera temporada es la más elocuente de todas: la respuesta institucional al escándalo de la manipulación es otro sistema de cámaras, esta vez llamado Verdad. La tentación defensiva no aprende. Se rebautiza.
Es la asimetría central de todo esto, y la que casi nunca aparece en los informes: el atacante gana si consigues no creer nada. Muchas arquitecturas defensivas están diseñadas, sin saberlo, para entregarle exactamente eso.
Lo que esto dice sobre España
España no tiene una Agencia de Defensa Psicológica, como Suecia. Tiene un Departamento de Seguridad Nacional que produce informes excelentes que casi nadie lee, un CCN-CERT competente y sin voz pública, un marco europeo —el DSA, el código de conducta reforzado— que reparte responsabilidades sin asignar mando, y una conversación política sobre desinformación tan contaminada por la pugna partidista interna que ningún actor puede plantear el problema sin que se lea como munición.
Ese es el estado real de nuestra defensa: no tenemos un problema de capacidades, tenemos un problema de credibilidad del emisor. Cualquier organismo público español que mañana señalara una operación de influencia extranjera sería inmediatamente acusado por media España de estar señalando a la oposición. Esa acusación, previsible y automática, es en sí misma el resultado de una operación que ya funcionó.
Lo hemos visto con Ceuta: la instrumentalización de un flujo migratorio como herramienta de presión sobre la integridad territorial, socios europeos haciendo el juego por interés propio, y sectores internos mezclando el asunto con su pugna doméstica antes de que hubiera datos verificados sobre la mesa. Lo llamativo del episodio no fue la sofisticación del adversario. Fue lo barato que le salió.
Las tres series comparten un diagnóstico: la vulnerabilidad decisiva de una democracia europea en 2026 no es técnica ni militar. Es comunicativa. Es la distancia entre lo que una institución sabe, lo que puede decir y lo que la ciudadanía está dispuesta a creerle. Cada punto que crece esa distancia es capacidad ofensiva regalada.
La ficción lo ha entendido antes porque no tiene que pedir permiso para nombrar al adversario.
Para ver
The Undeclared War (Channel 4, 2022-2026). Dos temporadas de seis episodios. La primera, escrita y dirigida por Peter Kosminsky; la segunda, con Colin Teevan en el guion y Paul McGuigan en la dirección. En España: Movistar Plus+ y SkyShowtime, ambas temporadas. → La capa de la infraestructura. Para entender por qué un Estado calla lo que le están haciendo.
8 meses / Doktrinen (Suecia, 2024). Seis episodios. En España: Filmin. → La capa de las élites. La más útil si trabajas en comunicación política, y la que más se parece a la noticia de esta semana en Suecia.
The Capture (BBC One, 2019-2026). Tres temporadas, dieciocho episodios. La tercera se estrenó completa en España el pasado 24 de junio. En España: Movistar Plus+. → La capa de la mirada. Empezar por aquí si solo se va a ver una.






Eduardo, si te entiendo bien, ¿tu tesis sobre lo de Ceuta es una manipulación de redes sociales en origen para producir la avalancha? Si es así, en efecto ha salido barato, porque su efecto se multiplicó como un efecto dominó, sobre un terreno que ya estaba abonado.
Aunque no tenga nada que ver con el objeto de tu artículo, lo preocupante de lo que pasa en España es que los actores políticos parecen haber perdido el sentido del Estado, y cuando llegan a Gobierno, no pueden hacer uso comunicativo de él porque se convierte en munición partidista. Triste.