La izquierda española ya tiene destino: Italia
Los actos de la semana pasada evidencian nuevas tensiones, viejas impotencias y un horizonte cada vez más parecido a la fragmentación terminal de la izquierda italiana
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La semana pasada dejó dos actos que, lejos de despejar el horizonte de las izquierdas españolas, lo emborronaron un poco más. El primero, protagonizado por Gabriel Rufián, Emilio Delgado y Sarah Santaolalla, aspiraba a sacudir la desidia instalada en el espacio político que comparten la izquierda estatal y la plurinacional. La ambición era legítima; la ejecución, mejorable. Improvisaciones, intervenciones erráticas y cortes televisivos orbitando alrededor de una botella de agua. Un acto concebido para propiciar un debate estratégico terminó derivando en una controversia acerca de su verdadero propósito.
Pero el problema de fondo fue más revelador que el de las formas. Rufián, que necesitaba proyectar audacia, recogió cable en el momento decisivo. No propuso nada que supusiese un camino de no retorno respecto a su posición dentro de ERC. Habló en condicional, sugirió sin concretar y dejó todas las puertas abiertas. Es comprensible: romper con tu partido requiere algo más que un acto en streaming. Pero si la promesa era desborde, lo que hubo fue contención calculada.
El caso de Delgado resulta más interesante en términos de estrategia interna. Su emergencia como figura pública tiene un contexto preciso: la imposibilidad de competir en Madrid. El triunvirato que conforman la ministra de Sanidad, Mónica García, y las portavoces en la Asamblea y el Ayuntamiento de Madrid, Manuela Bergerot y Rita Maestre, le bloquea el acceso a la candidatura contra Isabel Díaz Ayuso. Ante ese tapón, Delgado ha buscado otro camino: posicionarse como aspirante a un escaño en la Carrera de San Jerónimo ocupando debates públicos que tradicionalmente capitaliza la derecha. La idea no es mala. El resultado, sin embargo, fue quedar enredado en sus propias intervenciones, arrastrado por la dinámica de confrontación que pretendía aprovechar.
El acto del sábado no fue mejor, y mucho menos más ilusionante. El relanzamiento de Sumar 2.0, presentado bajo el lema «Un paso al frente», fue en realidad una maniobra preventiva para frenar el avance de Rufián y Delgado. Lo urgente no era el proyecto de país, sino la defensa del territorio orgánico. Que el reflejo defensivo preceda al impulso programático dice mucho sobre el estado de ánimo de un espacio político que, en teoría, debería estar construyendo alternativas.
El acto sirvió para constatar la impotencia en la que se encuentra la izquierda española y el vacío existencial que permite la emergencia de opciones como la de Rufián. Al evento no asistió Yolanda Díaz, cuyo desgaste político ya ha sido asumido por quienes la auparon en 2023. Sí acudieron e intervinieron Rita Maestre, Lara Hernández, Antonio Maíllo, Ernest Urtasun y Mónica García. El elenco era familiar. Demasiado familiar. Y ahí reside parte del problema.
El resumen del acto es desolador: discursos desconectados del momento político, formulados como si quienes los pronunciaban fuesen fuerzas emergentes y no socios del Gobierno de coalición; como si el mismo proyecto no hubiese sido presentado en 2023 con las mismas caras, mayores expectativas y, en buena medida, las mismas palabras. Hay algo profundamente disfuncional en un espacio político que se relanza sin haber hecho balance del lanzamiento anterior y que no sabe explotar sus años de gestión. No se puede pedir ilusión cuando no se ha explicado qué salió mal la primera vez.
El voluntarismo, por muy enfático que sea, no esconde la realidad. No habrá unidad. Y no la habrá por razones estructurales, no coyunturales. A Podemos ya los querían muertos en 2023, cuando se diseñó Sumar precisamente para absorber su espacio (recuerden el acto en Magariños). Los morados sobrevivieron integrándose en las listas electorales y desconectándose a posteriori, y ahora han trazado su propia estrategia. A falta de incentivos ligados a puestos de gobierno, la opción para Podemos pasa por disputarse el reducido espacio electoral que conforman las fuerzas de izquierdas por debajo del 10%.
La izquierda plurinacional (es decir, los partidos de izquierdas nacionalistas e independentistas) tiene aún menos interés en estos menesteres (por mucho que Rufián los aluda) y por motivos perfectamente racionales. Primero, porque sus expectativas electorales son más positivas: no padecen la hemorragia de votos que sufre la izquierda estatal. Segundo, porque el sistema electoral español, al premiar la concentración territorial del voto, les protege de la fragmentación que destroza a los partidos pequeños de ámbito nacional. Tercero, porque no van a renunciar ni a su marca ni a sus cuadros políticos para integrarse en un proyecto cuyo liderazgo y dirección no controlan. Cuarto, porque buena parte de sus votantes son incompatibles con los de la izquierda española. Los incentivos para sumarse son, sencillamente, nulos.
En resumidas cuentas, el problema principal no es que falte ilusión y solo se explote el miedo a la ultraderecha, que no haya liderazgo claro o que Rufián no vaya a intentar desbordar las estructuras de partidos y, sobre todo, a unas direcciones más pendientes de conservarse a sí mismas. Todo eso es cierto, pero es síntoma, no causa. La causa es más profunda y más incómoda: el camino que se dibuja es el de la italianización de la izquierda. Y no por resignación ante fuerzas externas o contextos adversos, sino por algo peor: por incapacidad propia para cambiar el rumbo.
La izquierda está llegando a ese punto con síntomas reconocibles. Un espacio político fracturado entre Sumar, Podemos, Más Madrid y las confluencias territoriales. Liderazgos que se desgastan sin ser reemplazados por otros más sólidos. Actos que se convocan para relanzar proyectos que nunca terminaron de consolidarse. Debates internos que consumen más energía que la articulación de una alternativa a la ofensiva ultraderechista. Y, sobre todo, una incapacidad estructural para resolver la tensión entre la lógica de partido y la lógica de coalición.
Si la izquierda española quiere evitar el destino italiano, necesita algo más que actos, lemas y voluntarismo. Necesita un diagnóstico honesto de por qué ha llegado hasta aquí. Y, sobre todo, necesita aceptar que el diagnóstico puede ser más duro que la enfermedad.



