Maduro, Estados Unidos y el nuevo manual del poder global
Venezuela como laboratorio del nuevo orden global y la confirmación de un mundo gobernado por zonas de influencia
La captura de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos de Donald Trump no es únicamente un acontecimiento decisivo para Venezuela. Es, sobre todo, un indicador nítido del momento histórico que atraviesa el sistema internacional. La operación militar relámpago ejecutada en Caracas abre un escenario de enorme calado político: el derrocamiento de facto de un jefe de Estado en ejercicio mediante una acción unilateral, sin mandato explícito de Naciones Unidas y con una Unión Europea relegada a un papel esencialmente declarativo.
En las primeras horas, la atención se ha concentrado en el cómo del ataque militar: la precisión del operativo, su velocidad de ejecución, la ausencia de bajas estadounidenses y la capacidad para “apagar” el Estado venezolano durante el tiempo estrictamente necesario para capturar al líder del régimen. Sin embargo, el verdadero análisis comienza cuando se deja atrás la crónica y se aborda la cuestión central: qué tipo de transición se abre ahora, quién la controla y qué revela este episodio sobre el orden internacional que ya no se está gestando, sino consolidando.
Una operación diseñada para demostrar poder, no para conquistar territorio
La intervención estadounidense no responde a la lógica de las invasiones del siglo XX ni a las guerras prolongadas de las primeras décadas del XXI. No se trata de ocupar Venezuela, sino de demostrar que la ocupación tradicional ya no es necesaria. El objetivo ha sido desactivar el Estado durante unas horas críticas y capturar al símbolo del poder.
Este tipo de operaciones envía un mensaje inequívoco: Estados Unidos conserva la capacidad de alterar en su zona geográfica regímenes y mandatarios sin desplegar ejércitos masivos ni asumir los costes políticos y humanos que erosionaron su legitimidad en Irak o Afganistán. Es una demostración de poder selectiva, dirigida tanto a aliados como a adversarios, en un contexto de competencia estratégica creciente.
La intervención deja así de ser una excepción extraordinaria y se consolida como una herramienta más dentro del repertorio del poder estadounidense.
Trump y la primacía del interés estratégico
Estados Unidos no solo ha eliminado al líder del régimen, sino que se ha erigido en actor central de su futuro próximo, anunciando su implicación directa en sectores estratégicos como el petróleo. En la práctica, esto configura una ocupación funcional: Washington niega la legitimidad del gobierno depuesto, ocupa su lugar en la toma de decisiones clave y promete una transición futura sin un calendario definido ni un marco jurídico multilateral consensuado. De momento, es mera declaración de intenciones a falta de futuros acontecimientos.
El mensaje implícito es claro: primero se actúa, luego se construye el relato legal.
Trump ha revestido la operación de dos marcos discursivos clásicos (la lucha contra el narcotráfico y la restauración de la democracia), pero su propio relato ha incorporado sin ambigüedades un tercer elemento: el control de los recursos energéticos venezolanos. No es solo una cuestión extractora en términos imperialistas, lo es también de relato para la población estadounidense de que Venezuela no será un nuevo pozo sin fondo en términos económicos, como ocurrió con Afganistán o Irak.
Europa atrapada entre principios y ausencia de poder
La reacción de la Unión Europea ha sido tan previsible como reveladora: llamamientos a la moderación, invocaciones al derecho internacional, recordatorios de que Maduro carecía de legitimidad democrática y apelaciones a una transición pacífica. El problema no está en el discurso, sino en su irrelevancia práctica.
La UE vuelve a quedar atrapada en una contradicción estructural difícil de resolver. Si Maduro no era legítimo, condenar con firmeza su captura resulta políticamente incómodo; si se defiende el derecho internacional, la incapacidad para responder a una intervención militar unilateral deja en evidencia su escaso peso estratégico. Europa confirma así, una vez más, su condición de potencia normativa sin capacidad coercitiva: defiende reglas que no puede hacer cumplir y principios que otros reinterpretan cuando conviene.
Los Estados miembros han reaccionado de forma fragmentada y cautelosa, centrando sus mensajes en la protección de sus nacionales y en evitar una escalada regional, sin articular una iniciativa propia ni intentar condicionar el diseño de la transición venezolana. En la práctica, la Unión acepta el marco impuesto por Washington y se prepara para desempeñar un papel secundario (observación electoral, ayuda humanitaria, cooperación técnica): acompañar, no decidir. Es una renuncia silenciosa, pero profunda, que asume que el nuevo equilibrio en Venezuela se define fuera de los márgenes de acción europeos y se limita a gestionar sus consecuencias.
Venezuela en el contexto de un mundo multipolar
Lo ocurrido en Caracas solo se entiende plenamente si se inserta en un marco más amplio: la consolidación de un mundo multipolar organizado en zonas de influencia. Las grandes potencias operan en sus respectivos espacios con una lógica cada vez más explícita y menos disimulada.
Estados Unidos actúa en América Latina; Rusia en su entorno postsoviético; China consolida su influencia política, económica y tecnológica en Asia y en amplias regiones del Sur Global. Cada potencia impone reglas de facto en su área, interviene cuando considera que sus intereses estratégicos están amenazados y tolera o replica intervenciones similares de sus competidores en otros territorios.
El derecho internacional no desaparece, pero se aplica de forma selectiva. El multilateralismo persiste como lenguaje, no como límite efectivo. La legalidad se invoca después de la acción, no antes.
La captura de Maduro abre una oportunidad incierta para Venezuela, pero también actúa como espejo del orden internacional emergente. La cuestión ya no es solo cómo será la transición venezolana, sino quién decide las transiciones en un mundo gobernado por potencias y qué precio están dispuestas a pagar las democracias occidentales por la estabilidad.
Para la Unión Europea, el dilema es especialmente incómodo: ¿puede seguir reclamando centralidad moral y política en un sistema basado en normas si acepta, una vez más, que otros definan esas normas por la vía de los hechos consumados?
Venezuela entra en una nueva fase. El mundo, en realidad, ya estaba ahí.




Me parece que el análisis acierta especialmente en la parte que toca a Europa.
En lo que toca a la extracción de Maduro, creo que da por hecho que se trata de una acción efectiva que puede conducir a un cambio de régimen, y yo no estoy tan seguro. Un gobierno no es una persona, es un sistema complejo de redes internas, y la acción de EEUU, precisamente por querer ser quirúrgica y no arriesgar costes, es muy probable que sea superficial. Mucho show y poca consecuencia, algo que es marca de la casa de Trump. Estratégicamente, puede ser que se busque ese reparto de influencias que menciona el artículo, pero creo que anuncia en realidad el debilitamiento de EEUU en la arena internacional. Después del fracaso de Afganistán, es un perro que ladra y apenas muerde, como evidencia el desafío constante de Putin, China, o incluso la India (que aún compra petróleo a Rusia) o su incapacidad para controlar a Israel. Esto de Venezuela parece más un ejercicio performático, espectacular pero inane, para decir dentro y fuera que no son impotentes.
Lo que no tengo tan claro es por qué Venezuela y por qué ahora. Será mi falta de información, pero es todo un poco sorprendente.
Más que Venezuela, esto va de cómo funciona ya el mundo, es decir, las potencias actúan primero y justifican después, Estados Unidos decide, Europa opina, y el nuevo orden no se debate ni se vota, simplemente se impone.