Perú y Colombia: la ultraderecha gana, pero por un suspiro
Dos balotajes decididos por menos de un punto confirman el avance del bloque que se reconoce en Milei, Bukele y Trump, y dejan ver a la vez dónde sigue resistiendo la izquierda
La noche del 21 de junio, con el recuento colombiano todavía caliente, Javier Milei escribió en X: «La libertad avanza en toda América Latina y ya no hay vuelta atrás». Lo decía para celebrar el triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, pero la frase apuntaba a algo más grande. Dos semanas antes Perú había votado llevar a Palacio a Keiko Fujimori, y un año antes Milei gobernaba ya Argentina, y antes estaba Nayib Bukele convertido en modelo de exportación, y por encima de todo el trumpismo restaurado en Washington haciendo de nodo y de altavoz. La ultraderecha latinoamericana mira el mapa, se reconoce y, sobre todo, se gusta. Por una vez, conviene tomarle la palabra: tiene razón en una cosa. La ola avanza, y Perú y Colombia son dos urnas más que lo confirman.
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Lo que sigue no es, por tanto, la crónica de dos elecciones nacionales sueltas. Es el intento de leer esas dos elecciones como lo que son: dos eslabones de una cadena continental que lleva años tensándose y que en junio ha sumado dos piezas grandes. La pregunta no es si la ola existe —existe, y la lista de nombres lo demuestra—, sino cómo opera, por dónde entra y qué deja a su paso. Entenderlo es la única forma de que la frase de Milei deje algún día de ser cierta.
El repertorio: lo que se repite de Buenos Aires a Bogotá
Antes de bajar a cada caso conviene fijar el patrón, porque es lo que convierte dos noticias separadas en una sola tendencia. La ultraderecha de esta tendencia, dondequiera que gana, trae el mismo repertorio.
Trae un outsider que se vende como ajeno a la casta, casi siempre un empresario que promete gestionar el país como una empresa y al que su falta de oficio político se le presenta como virtud. Trae el punitivismo de espectáculo —cárceles, mano dura, el enemigo interior— como oferta central y no como apéndice. Trae la sospecha sembrada sobre las urnas como póliza de seguro por si se pierde, un guion aprendido de Trump que se despliega antes incluso de conocer el resultado. Trae, esto es lo nuevo, una conciencia de red: ya no se limitan a importar modelos ajenos, se felicitan en directo, se citan entre sí y reconocen un centro común en Washington. El tuit de Milei no es un exabrupto: es una declaración de pertenencia.
Perú y Colombia hablan esa lengua los dos. Lo que cambia entre ellos —y es un matiz que importa, pero un matiz— es por dónde se produjo la invasión bárbara en cada sitio.
Colombia: la ola sustituye a la vieja derecha
En Colombia entró arrasando, y arrasó primero con los suyos. El 21 de junio De la Espriella ganó la segunda vuelta al frente de Defensores de la Patria; el preconteo, ya consolidado, le dio el 49,66% frente al 48,70% de Iván Cepeda, una diferencia de apenas 250.000 votos, menos de un punto, uno de los escrutinios más estrechos que se recuerdan en el país. El 24 de junio el Consejo Nacional Electoral confirmó la fórmula De la Espriella–Restrepo como electa. Un país partido casi exactamente en dos que entrega el poder a la ultraderecha por un puñado de votos.
El dato que de verdad retrata la situación está antes, en primera vuelta, cuando Paloma Valencia —candidata del Centro Democrático, el partido de Uribe— se hundió por debajo del 7%. El uribismo, que durante dos décadas fue el eje de la derecha colombiana, no lo derrotó la izquierda: lo devoró un outsider de su propia casa. De la Espriella —abogado, empresario, triple nacionalidad, bendición pública de Trump— no heredó la maquinaria conservadora. La vació desde fuera y ocupó su lugar.
Esta es la forma colombiana y es la más reveladora: no se sube encima de la derecha tradicional, la liquida y la suplanta. El matiz no es menor para quien hace oposición. La derecha clásica traía anclas —estructura, cuadros, cierto pragmatismo, la moderación que impone tener algo que conservar—. El outsider que la sustituye llega sin ese lastre: más personalista, más volátil, menos previsible. La tendencia no solo desplaza a la izquierda; arrasa también con los diques que la propia derecha conservadora ponía.
Además, llega acompañada. El respaldo de Trump a De la Espriella no fue afinidad difusa, sino intervención explícita —tanto que un grupo de congresistas demócratas denunció por escrito la injerencia en un proceso extranjero—. Esa misma noche Milei remató con su «el león y el tigre rugen en Latinoamérica». La red se reconoció en directo. A la izquierda eso le deja un dilema que aún no resuelve: denunciar la injerencia despierta el nacionalismo defensivo, pero callarla regala al adversario la estampa del aval internacional.
Conviene, eso sí, deshacer un cliché antes de seguir. Es tentador contar esto como las grandes ciudades contra el campo, pero los números dicen otra cosa: Cepeda ganó en buena parte del país —el Pacífico, el Caribe, la Amazonía, Bogotá— y aun así perdió la Presidencia. De la Espriella levantó su mayoría en el interior andino: Antioquia, los Santanderes, los muchos municipios pequeños de la cordillera. No fue la metrópoli contra la periferia: fue una Colombia partida por la mitad donde el interior conservador pesó más. Cepeda casi remonta. No le alcanzó. Ese «casi» es importante, pero no cambia hacia dónde sopla el viento.
Perú: la ultra gana, pero por un suspiro
Perú parece, de lejos, el mismo caso. De cerca enseña dos cosas a la vez, y conviene no quedarse con una sola. El 7 de junio Fujimori ganó la segunda vuelta. Una derecha autoritaria llega al poder, pero el margen obliga a matizar la rotundidad: el resultado oficial de la ONPE fue de 50,12% para Fujimori frente al 49,88% de Roberto Sánchez, apenas veinticuatro centésimas de diferencia. Sánchez no era otra derecha: era el candidato de Juntos por el Perú, heredero del espacio de la izquierda castillista. Dicho de otro modo, la ultraderecha se impuso en Perú, sí, pero a un suspiro de no hacerlo, y frente a la izquierda.
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Lo llamativo, nuevamente, es quién no llegó ni a la papeleta final. Rafael López Aliaga, el empresario y exalcalde de Lima que encarnaba la versión más cruda de la oferta ultra —el «Bukele peruano» de los presos en helicóptero, las tropas extranjeras cazando delincuentes en suelo peruano y los reos enviados al CECOT salvadoreño—, se quedó tercero en primera vuelta por unos miles de votos. Lo frenaron la fragmentación de la derecha, que repartió el voto duro entre varias candidaturas, y el voto rural y andino, que se cuenta el último y que volvió a hacer de dique frente a la ultraderecha limeña.
De ahí se sigue la doble lectura. Por un lado, la ola en Perú es tan honda que pudo permitirse perder a su candidato más extremo y aun así colocar en Palacio a una derecha autoritaria con tres décadas de obstruccionismo a sus espaldas: tiene recambios. Por otro, esa misma derecha solo ganó por veinticuatro centésimas frente a la izquierda, arrasada en Lima pero victoriosa en todo el sur andino. La ola avanza en Perú, pero el terreno donde encalla quedó esa noche más visible que nunca.
Conviene definir bien lo que ganó, porque la precisión es munición. Lo que se impuso en Perú no es fascismo, por más que la palabra gruesa tiente. Fujimori es heredera de un régimen autoritario —el autogolpe del 92, las esterilizaciones forzadas, la condena de su padre por crímenes de lesa humanidad— y su trayectoria en el Congreso ha sido un tratado de obstruccionismo contra Humala, Kuczynski y Vizcarra. Pero el fujimorismo no quiere abolir el pluralismo y refundar el Estado sobre los escombros; quiere vaciar las instituciones desde dentro mientras juega, cuando le conviene, con sus reglas. La etiqueta exacta es autoritarismo competitivo: una derecha iliberal que gana en las urnas y luego erosiona los contrapesos sin romper la fachada. El nuevo Congreso bicameral, donde Fuerza Popular será primera fuerza pero sin mayoría propia, anticipa el método: no el asalto frontal, sino la negociación, las bisagras y el vaciamiento lento.
Donde la ola encalla
Si la tesis fuera solo que la ola es imparable, sobraría escribir. Spoiler: no lo es. En cualquier caso, lo honesto es señalar también por dónde encuentra resistencia, no para consolarse, sino para saber dónde se pelea.
Donde encalla es siempre el mismo sitio: la periferia frente al centro de poder. En Perú fue el voto andino el que dejó a López Aliaga fuera de la segunda vuelta y el que estuvo a veinticuatro centésimas de llevar a la izquierda a Palacio. En Colombia, Cepeda se quedó con el Pacífico, el Caribe, la Amazonía y Bogotá —casi la mitad del país— y perdió por menos de un punto. La ola no cae sobre un terreno uniforme. Cae sobre una fractura territorial que todavía tiene un lado donde la izquierda resiste, y a veces casi gana.
Ese mapa no es casual. La ultraderecha encalla donde sobrevive un tejido comunitario que el mercado no ha disuelto del todo —el sur andino indígena y campesino, el Pacífico afrocolombiano, las economías de subsistencia y de cuidado mutuo— y avanza, en cambio, en el interior empobrecido pero individualizado, donde la promesa de ascenso se ha roto sin que nada la sustituya. Donde el Estado llegó como castigo o no llegó, y donde la inseguridad es una experiencia diaria y no un eslogan, el votante no compra la cárcel como espectáculo: la pide como demanda real que nadie más le ha atendido. La ultraderecha no inventa ese miedo; lo recoge en un terreno que la izquierda y la socialdemocracia llevan dos décadas desalojando. Esta tendencia se produce, en buena medida, por el hueco que otros dejaron.
Esa resistencia enseña dos cosas incómodas. La primera: que resistir no es lo mismo que ganar, y que en los dos países la ola se impuso de todos modos, aunque fuera por un margen mínimo. La segunda, y más urgente: que el terreno donde se está perdiendo tiene nombre. Es el punitivismo. La promesa de mano dura no es un exceso marginal del discurso ultra; es su puerta de entrada al votante de centro y al votante popular asustados por una inseguridad que es real. A ese votante no se le recupera solo con la gramática de los derechos humanos, ni denunciando la crueldad ajena. Hace falta una respuesta de seguridad creíble y propia como servicio público, y, antes que eso, volver a estar presente en los territorios donde el vínculo social se ha roto. Una izquierda que solo gestiona desde arriba y se ausenta de abajo le deja el terreno servido a quien promete orden.
Dos urnas más, y lo que enseñan
Milei tenía razón: la libertad —la suya, la de la motosierra y la cárcel— avanza en América Latina, y Perú y Colombia son dos urnas más que lo confirman. No son dos accidentes nacionales: son dos eslabones de una cadena que va de Buenos Aires a San Salvador y que en junio ha sumado dos piezas grandes.
Tomarle la palabra a Milei no es darle la razón en lo que de verdad importa. La ultraderecha avanza, sí, y por eso conviene leerla con precisión en lugar de lamentarla en bloque. Avanza sustituyendo a la vieja derecha donde puede, como en Colombia. Avanza con recambios donde su candidato más extremo tropieza, como en Perú. Y se atasca, cuando se atasca, en la periferia y en todo lo que no sea la oferta de mano dura: en ambos países ganó por menos de un punto, con la izquierda rozando la victoria. Ahí está el mapa real: no uno que se tiñe entero y sin matices, sino uno que avanza por unas vías y encalla en otras.
Distinguir esas vías —la sustitución de la suplantación, el fascismo del autoritarismo competitivo, el outsider que cae del que gana, la victoria holgada del suspiro— es la condición para disputarle el terreno a la ola en lugar de limitarse a verla subir. La única forma de que «ya no hay vuelta atrás» deje de ser cierto es entender, antes que nadie, por dónde avanza exactamente el agua.



