El mapa con el que sueñan Trump y los magnates tecnológicos
Del Technate of America a un “neo-technate” geopolítico: tecnocracia, tecnocapitalismo y poder continental
Hay ideas que no desaparecen: se reconfiguran. Cambian de lenguaje, de actores y de contexto histórico, pero conservan un núcleo reconocible. El Technate of America, una utopía tecnocrática concebida en Estados Unidos durante la Gran Depresión, pertenece a esa categoría. Nunca llegó a materializarse como sistema político, pero su lógica (la sustitución de la política por la técnica, de la soberanía democrática por la eficiencia) sigue reapareciendo en momentos de crisis sistémica.
Hoy, en un mundo atravesado por la emergencia climática, la competencia tecnológica global y el auge de la inteligencia artificial, esa lógica vuelve a insinuarse. No como un proyecto formal, ni como un plan coordinado, sino como una convergencia de prácticas, discursos y poderes que apuntan hacia una reorganización del territorio, los recursos y la autoridad política. En ese cruce emerge lo que, con cautela analítica, puede describirse como un “neo-technate” híbrido.
¿Qué fue el Technate of America?
El Technate of America surgió a comienzos de los años treinta, cuando la Gran Depresión puso en cuestión los fundamentos del capitalismo industrial. Mientras fábricas y recursos permanecían infrautilizados, millones de personas carecían de empleo y bienes básicos. Para los tecnócratas, el problema no era la escasez material, sino el sistema de precios y la intermediación política.
El movimiento Technocracy Inc., liderado por el ingeniero Howard Scott, propuso reemplazar tanto la economía monetaria como la democracia representativa por un gobierno de expertos técnicos. Su propuesta central era la energy accounting: una economía sin dinero, basada en la medición científica de la energía disponible y en la distribución racional de bienes mediante certificados energéticos.
Este modelo requería una escala continental. El Technate imaginado abarcaba desde Panamá hasta el Polo Norte, incluyendo Canadá, Estados Unidos y, por supuesto, Groenlandia, concebidos como una unidad autosuficiente en recursos, energía e infraestructuras. Partidos políticos, parlamentos y bancos eran vistos como elementos obsoletos de un sistema irracional.
El proyecto nunca superó el plano teórico-organizativo. Su rechazo frontal a la democracia, sus tensiones internas y la consolidación del New Deal lo relegaron a la marginalidad. Pero dejó una huella duradera: la idea de que la complejidad moderna exige gobierno técnico y que la política es, en el mejor de los casos, ineficiente.
¿Qué queda de la tecnocracia hoy? Un fantasma funcional
La tecnocracia no regresó como ideología explícita, pero sobrevive como lógica de poder. En el siglo XXI, reaparece en debates sobre inteligencia artificial, transición energética o gestión de crisis globales, donde se plantea que las decisiones “correctas” deben quedar en manos de expertos, organismos no electos o sistemas algorítmicos.
La tensión es antigua, pero hoy se intensifica: cuanto más complejos son los sistemas, más se deslegitima la deliberación democrática. La política se presenta como lenta, emocional o ignorante; la técnica, como neutral y eficiente. Este desplazamiento no elimina el poder, sino que lo reubica.
Trump y la política exterior: proyección de poder y territorio
La política exterior de Donald Trump ilustra esta lógica en clave geopolítica. Bajo un discurso abiertamente nacionalista, Trump ha defendido una visión del territorio como activo estratégico, subordinado a los intereses de seguridad y competitividad de Estados Unidos.
Su reiterado interés por Groenlandia (expresado públicamente desde su primer mandato y retomado en su retorno a la Casa Blanca) no es una excentricidad aislada. El Ártico concentra rutas marítimas emergentes, minerales críticos y una posición clave en la arquitectura militar. En los años treinta, Groenlandia era central para el Technate por razones energéticas; hoy también lo es por razones tecnológicas, militares y climáticas.
El paralelismo es revelador: el territorio vuelve a concebirse no como espacio de soberanía democrática, sino como infraestructura funcional al poder.
Elon Musk: genealogía tecnocrática y mutación tecnocapitalista
Si el Technate fue una utopía de ingenieros, Elon Musk encarna su reaparición mutada en el siglo XXI. No como tecnócrata clásico, sino como figura híbrida entre ingeniero, empresario y actor político informal.
El vínculo histórico es documentado: Musk es nieto de Joshua Norman Haldeman, dirigente de Technocracy Inc. en Canadá a finales de los años treinta.
Esta genealogía no determina su pensamiento, pero sí ayuda a comprender un clima intelectual familiar marcado por la fe en la ingeniería, el desprecio por la política tradicional y la convicción de que los sistemas sociales pueden rediseñarse desde arriba.
Musk no propone abolir el dinero ni implantar contabilidad energética igualitaria. Al contrario, es uno de los grandes beneficiarios del capitalismo contemporáneo. Pero su práctica encaja en una tecnocracia de mercado concentrado: controla infraestructuras críticas (energía, comunicaciones, datos, espacio) y opina con influencia real sobre conflictos internacionales, regulación democrática o libertad de expresión.
Donde Howard Scott imaginaba planificación pública, Musk ofrece soluciones privadas; donde el Technate prometía igualdad, el tecnocapitalismo produce concentración extrema de poder. En ambos casos, subyace la misma premisa: la política es un obstáculo frente a la eficiencia técnica.
Entre tecnocracia y geo-extractivismo: el “neo-technate” híbrido
El presente no asiste al retorno de la tecnocracia clásica, sino a su hibridación con el nacionalismo y el extractivismo. El control de minerales críticos, energía y datos se convierte en prioridad estratégica. América Latina (incluida Venezuela) aparece en este contexto como espacio de disputa geopolítica, sanciones, presión diplomática e intervenciones indirectas justificadas en nombre de la estabilidad o la lucha contra el crimen.
No se trata de un Technate igualitario, sino de un orden donde la gestión técnica sirve a intereses de poder. La soberanía local se relativiza; la democracia se considera frágil o prescindible; la técnica actúa como legitimación.
Crítica y dilemas contemporáneos
El llamado “neo-technate” no es un proyecto coherente ni una conspiración, sino una tendencia estructural: más poder para expertos no electos, más peso de infraestructuras críticas controladas por actores privados y más zonas de excepción donde la política se suspende en nombre de la eficiencia o la seguridad.
El riesgo no es solo geopolítico, sino normativo. Cuando la política se redefine como un problema técnico, la ciudadanía deja de ser sujeto de decisión y se convierte en variable de optimización. La historia del Technate muestra que la eficiencia sin legitimidad conduce al autoritarismo, incluso cuando se presenta como progreso.
El Technate of America fue una utopía fallida, pero no irrelevante. Sus ideas regresan hoy transformadas, adaptadas a un mundo de algoritmos, datos y competencia estratégica global. Lo que observamos no es una tecnocracia pura, sino un orden híbrido donde poder estatal, tecnología avanzada y capital convergen para redefinir soberanía, territorio y gobierno.
La lección histórica es clara: la técnica puede ayudar a gobernar, pero no puede sustituir a la política sin vaciar la democracia. El desafío del siglo XXI no es elegir entre expertos o ciudadanos, sino evitar que la promesa de eficiencia vuelva a justificar la concentración del poder y la exclusión del debate público.



